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OPINION
La Jornada
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Una visita muy incómoda
Es importante que cuide su salud
POR RODRIGO SOLÍS
ACTUALIZADO 7 DE OCTUBRE DE 2008

He llegado molido a casa de mamá. Literalmente. Mis huesos están hechos polvo. Mi compañero de asiento en el ADO fue un gordo. Siempre es un gordo. Los estadistas y estudiosos en obesidad no mienten al asegurar que México es el país con la segunda población más obesa del mundo. Para colmo, mi rollizo compañero era un sujeto de risa fácil. No paró de reír durante toda la película que proyectaron en el viaje (un documental de chimpancés salvajes). Tras cada carcajada, sus carnes se movían, zarandeaban y rebotaban sobre mi humanidad aprisionada contra la ventanilla del autobús.

En lo único que pienso tras darle un beso a mamá es en acostarme a dormir. Dormir reparadoramente y no saber nada del mundo hasta mañana. Pero no puedo, es cumpleaños de mi hermana. Motivo de mi viaje. Mi hermana aparece en la cocina y me recibe con un débil abrazo. La noto alicaída. Desmejorada. Apagada. Sin la alegría habitual que chisporrotea en sus enormes ojos almendrados cada que me ve. Al parecer ya no soy su héroe. Ha madurado. Imagino que ha aprendido a albergar cierto recelo propio de los adultos ante sus detractores. No la culpo. Debe ser incómodo ser modelo y/o edecán (y aspirante a reina de belleza) y que su hermano se gane la vida escribiendo cosas horribles de las modelos y/o edecanes (y aspirantes a reinas de belleza).

-Me estoy muriendo, tengo una gripe fatal –me dice mi hermana haciendo un esfuerzo enorme por sonreír-. Creo que suspenderé la fiesta.

El rostro se me ilumina. Soy feliz. Ignoro si es porque mi hermana me sigue amando igual que siempre o porque su enfermedad obrará el milagro de suspender la fiesta y ambos podremos ir a dormir sin tener que soportar tortuosas horas de música e invitados alcoholizados hasta que despunte el alba.

Le digo que descanse. Que es importante que cuide su salud. Más en una modelo. Mamá le dice que está loca si piensa suspender la fiesta. Que lleva horas preparando las botanas y que de un momento a otro llegarán los invitados, así que lo más recomendable es que suba inmediatamente a bañarse y a embadurnarse en cremas y polvos para disimular la cara de palo seco que tiene. Naturalmente mi hermana me ignora y obedece a mamá. Me da otro abrazo y sube corriendo a embellecerse. Suena el timbre. Mamá me pide el favor que abra la puerta mientras termina de preparar unos bocadillos. Abro la puerta. Ante mí, en la cochera de la casa, aparece la silueta de la mejor amiga de mi hermana. La abrazo con efusividad porque la quiero mucho y porque la conozco desde que era pequeñita. En otros tiempos, cuando no tenía las curvas que posee ahora y el novio metrosexual que la posee ahora, yo le gustaba. Así que mi abrazo es cálido y amoroso y con un límite de tiempo más allá de lo permitido, en caso de que no conozcas a la persona que estás abrazando.

-Mucho gusto, Jacinta –me dice Jacinta retirándose aterrorizada de mi prolongado abrazo.

Al salir del garaje (que es un lugar oscuro porque no hay ningún foco que funcione), llegamos a la sala y descubro que en mi vida había visto a la chica que tengo delante. Jacinta me dice que estudia en la universidad con mi hermana. Intento explicarle que no soy un pervertido pero es demasiado tarde, Jacinta escapa al patio trasero de la casa.

Voy a la cocina y le digo a mamá que tiene que poner con urgencia un foco que funcione en la cochera, no vaya ser la de malas y un día le abra la puerta a un loco enmascarado con una sierra eléctrica. Mamá me dice que no me preocupe, que su vista es como la de los murciélagos, que se ha acostumbrado a la oscuridad. No le rebato; en efecto, ella es ciega como un murciélago miope y no dudo ni un segundo que haya adoptado el talento de los roedores alados para detectar las vibraciones enemigas con tal de no pagar los cuentones millonarios de luz que pagaba papá antes de morirse.

Suena de nuevo el timbre. Abro la puerta y de la penumbra aparece una mujer que brinca a mis brazos.

-¡Hola, Rodro! ¿No te acuerdas de mí? –me pregunta una chica que en mi vida había visto y que mantiene la sonrisa en sus enormes cachetes de hámster.

-Hola, ¿cuántos siglos? –digo en un intento infructuoso por ganar tiempo y recordar esa regordeta cara de malvavisco.

Fracaso. Todas las gordas de dimensiones exageradas me parecen idénticas. Mal momento para comprobar la certeza de la teoría de mi hermano cuya hipótesis asegura que todas las gordas del mundo son igualitas de la cara porque sus carnes estiran tanto la piel de sus rostros que terminan haciéndolas parecer chinitas de porcelana hechas en serie.

-¿En verdad no te acuerdas de mi? –me dice la extraña visitante con el rostro desencajado como si fuese mi novia de toda la vida y estuviese a punto de escuchar mis fatídicas palabras de rompimiento irreconciliable.

-Hombre, claro que sí –miento. Luego reparo con horror que le he dicho hombre. Muletilla misógina y espantosa que no puedo evitar utilizar cada que me veo acorralado ante un ser humano, sea del género que sea.

-Úrsula, mi vida –dice la voz salvadora de mamá que aparece a mis espaldas-. Estás delgadísima.

Úrsula (mujer que sigo sin saber quién rayos es) se sonroja dándole las gracias a mamá y luego me presenta a sus amigos, que la acompañan. Caballeroso y galante como me enseñó mamá a comportarme desde pequeño al momento de las presentaciones, me acerco y beso en la mejilla a una rubia oxigenada que dice llamarse Matilda; luego beso en la mejilla a una trigueña que dice llamarse Mónica; después estrecho con un viril apretón de manos a un poderoso gordo moreno que tiene un par de aretes redondos y dorados de pirata en ambas orejas y me dice que se llama Natalia, ante el casi desfallecimiento de todos los presentes por mi vergonzosa equivocación de género, improviso una sagaz jugarreta para tapar mi error: saludo también de mano a la última chica que dice llamarse Verónica y que no puede evitar asustarse al ver mi mano extendida delante de ella, mano torpe y sorpresiva que no puede estrechar porque tiene ambas manos ocupadas cargando sendas y pesadas bolsas de refrescos, así que en vez de ayudarla a cargar las bolsas (algo que debí hacer desde un principio) me justifico diciendo que en Campeche aprendí la estúpida tradición de saludar con la mano a todas las mujeres que recién te presentan.

-No sabía que existía en Campeche esa tradición –dice mamá que vivió gran parte de su vida en Campeche.

Se crea un silencio denso. Incómodo. Interminable. Todos me miran con desprecio y reprobación (en especial la chica que confundí con un liniero defensivo de los malosos de Oakland). Rezo en silencio para que un milagro me saque de allí. Dios no escucha mis plegarias y no ocurre nada. Así que sin decir una sola palabra giro sobre mis talones y abandono la sala que empieza a llenarse de jóvenes despreocupados como un día lo fui yo y tomo asiento en una mesa alejada y oscura en el rincón de casa de mamá. Con tristeza descubro que me he convertido en una visita por demás incómoda. 

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