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ACTUALIZADo 11 de mayo de 2009
Un empujón
Quizás debí vestirme un poco más decente
por Rodrigo Solís
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1
-Siéntese allí –dijo la secretaria sin disimular su desprecio hacia el género humano, señalando con el dedo unas sillas al fondo del corredor, cuando le informé que tenía una cita con el gobernador.

Quizás debí vestirme un poco más decente. Mis chancletas definitivamente no ayudaban a darle seriedad y garbo a mi porte. Tampoco el nido de cigüeñas que llevaba en la cabeza. ¿Cuántas veces me dijo Martina que me cortara los matorrales ensortijados de la cabeza? La pobre ilusa incluso intentó un día alaciarme el pelo. El resultado fue desastroso, naturalmente. Su maquina alaciadora comenzó a escupir humo. “Tienes demasiado pelo”, dijo. “¿Qué, nunca te lo cepillas?, tienes bollos de pelo por toda la cabeza”, me reprochó exhausta, mirando cómo humeaba su maquinita.

-¿Cuál es el motivo de la cita? –preguntó la secretaria mirando de reojo con cierto asco y fascinación mis desnudos, largos y cabezones dedos de los pies.

Respondí, no sin cierta vergüenza, que la publicación de un libro. La secretaria no se sorprendió, al parecer estaba acostumbrada a todo tipo de visitas y solicitudes desagradables. Se limitó en hacer unas anotaciones en una libretita. Luego de una pausa, sin apartar la mirada de la libretita, volvió a preguntarme mi nombre. Se lo repetí. Ella regresó a su libretita, escarabuteó algo, dio un giro en su silla con rueditas y finalmente, como un zombi, perdió la mirada delante del monitor de su computadora. No dijo ni una sola palabra más, ni siquiera la típica y recurrente frase de todas las secretarias burocráticas campechanas cuando tienen la firma intención de dejarte pudrir un par de horas en la sala de espera: “en un minutito lo atiende el licenciado”.

2

Dos horas después había acabado de hojear las decenas de periódicos y revistas que tapizaban la superficie de la mesa de la sala de espera. Todas ellas, odas al gobernador. Encabezados en letras gigantes en donde nos informaban a los ciudadanos no analfabetos de los avances y el crecimiento del Estado, aderezadas con fotografías a color o en blanco y negro (por si uno era analfabeto) donde el protagonista siempre era el diminuto mandatario enfundado en su pulcra guayabera, sonrisa resplandeciente, cabello engominado y recortado a la Benito Juárez, ya sea abrazando a ancianos desdentados, niños desamparados, o inaugurando peluquerías, veterinarias, tiendas de pinturas, etcétera.

-¿El señor gobernador? –preguntó un campesino.

Era el duodécimo de la mañana. La secretaria, sin apartar la mirada del monitor de su computadora, lo mandó a sentarse (o mejor dicho, a pararse) junto a los otros once indios zarrapastrosos que me bombardeaban con sus fétidos aromas de hombres de campo. Bastante apretujados, en la sala de espera había también un par de ancianos desdentados igualitos a los de las fotografías de los periódicos, una señora obesa (o posiblemente embarazada) que amamantaba sin el menor pudor a un niño en brazos y sostenía a otro un poco más grandecito en sus rodillas, un par de licenciados, una cuadrilla de ocho albañiles y una comitiva de cinco pescadores que decidieron cargar consigo, muy a pesar de la temporada de veda, su delictivo botín: un cubo lleno de pulpos frescos.

¿Acaso se trataba de una prueba de mamá para hacerme ver lo dura e injusta que era la vida allí afuera, lejos de las cuatro paredes de mi habitación? Si se trataba de eso, bien, mamá había ganado. Menuda, asquerosa lección. No pensaba pasar ni un minuto más rodeado de gente salida del Infierno de Dante. Ya me las arreglaría para sobrevivir y terminar esa novela por la que tanto había luchado. Aunque por otro lado, a quién quería engañar, buscar un trabajo de verdad me daba escalofrío, me robaba el sueño e incluso espantaba mi inspiración para escribir.

Haciendo una recapitulación, breve y concisa, llevaba casi un lustro desempleado, viviendo como un mendigo de la caridad y buena voluntad de mis familiares y amigos. Pero más específicamente de mamá, que siempre, con esa misericordia infinita que guarda en el corazón, luego de recriminarme, derramar lágrimas, pedirme perdón, darme besos, recriminarme de nuevo, volver a llorar (todo en ese riguroso orden), me extendía algunos billetes diciéndome que soy y seré siempre su bebé.

Por otro lado, mi hermano mayor, que no es nada tonto y al parecer se ha declarado mártir y en bancarrota perpetua, ha empezado a menguar mi economía, o lo que es lo mismo, le ha empezado a negar a mamá su quincena completa.

-No hay dinero, entiéndelo –dice rabioso, los ojos desorbitados, ojerosos de tanto jugar Xbox-, papá dejó la empresa en números rojos. Tal vez si dejaras de mantener al buenoparanada de tu hijo te alcanzaría el dinero que gano todos los días con el sudor de mi frente.

A decir verdad, incluso siendo un administrador descuidado y perezoso como yo, uno puede intuir que esto no es del todo cierto. Sobretodo viendo ciertos lujos que se permite mi querido hermano. Departamento nuevo. Camioneta del año. Pantalla de plasma de 50 pulgadas. Todas las consolas de videojuegos salidas al mercado. Entre otros caprichos tecnológicos y carnales.

3

Oculto tras uno de los trascabos de papá, observo a la gente arremolinada en torno de un altar donde sobresale una enorme estatua multicolor de la Virgen de Guadalupe.

-Son unos idiotas esos huiros –dice mi hermano-. Rezarle a un invento del hombre blanco, por eso están jodidos.

Me estremecí. Siempre me estremecía cuando mi hermano se refería de tan blasfema manera a la madre de Dios, tan milagrera y en la que yo creía y a quien rezaba ferviente todas las noches y días para que me protegiera de las obligaciones escolares y de su tiranía en casa.

-Odio esta fábrica. No sé cómo papá puede disfrutar trabajando en este horrible lugar –continuó mi hermano, frunciendo el entrecejo mientras miraba un interminable páramo donde aparecían algunos trascabos y varios montículos de tierra y grava-. Cuando sea grande me voy a ir vivir a Disney. Voy a trabajar de caricaturista. Ni loco trabajo en este infierno.

-Yo igual –dije, sudando bajo un sol abrasador.

-No, tú vas a trabajar aquí –me ordenó mi hermano-. Yo voy a ser caricaturista. Tú serás ingeniero como papá. Vas a trabajar aquí, rodeado de estos macehuales.

-Oye..

-Shhht. Cállate. Ahí viene mamá. Sal tú –me empujó-. No le digas que estoy aquí.

Mamá me dijo que estaba preocupada. Preguntó dónde estaba. Le dije que jugando a los ingenieros. Allí, detrás de aquel trascabo, con mi hermano.

-Luis Arturo, sal de ahí inmediatamente –ordenó mamá-. Creas o no en Dios, tienes que venir a misa.

Mi hermano, con mirada asesina, entrecerró sus ojillos, oprimió sus manazas de luchador y contuvo toda su ira con un bufido.

-Así me gusta mi vida –dijo mamá-. Que mis dos niños sean obedientes. Vamos un rato a misa y luego nos vamos a la tranquilidad de casa mientras su papá –mamá siempre lo decía con amargura- se emborracha como un albañil con esas gentes.

4

Cuando creí que el gobernador nunca me recibiría, con el auricular del teléfono pegado en una oreja, la secretaria dijo mi nombre. Salí catapultado de mi asiento.

-Permiso –dije esquivando a la señora de la teta al aire llena de leche y a un par de pescadores que se entretenían viendo el cubo lleno de pulpos ya no tan frescos.

La secretaria sacó de un cajón de su escritorio un sobre cerrado y me lo entregó.

-Baje a finazas –dijo sin mirarme si quiera a los ojos-. Entrégueselo al licenciado Sánchez. Cuarto piso.

-¿Y el gobernador?

-En junta. Baje al cuarto piso.

Increíble. Dos horas y media sentado esperando ver al gobernador y ni siquiera se dignó a recibirme. Sabría Dios si de verdad estaría en junta. De hecho su oficina daba la impresión de estar vacía. Por otra parte, aquella no era del todo una mala noticia. Me había librado de tener que inventarle en su propia cara al hombre más importante del Estado que escribiría un libro turístico de Campeche. Además, la secretaria me había enviado a finanzas. Quién sabe, igual y mamá resultó ser gran amiga del gobernador y el tal licenciado Sánchez me daría un jugoso cheque con el cual podría escribir sin preocupaciones y a mis anchas un bonito libro de Campeche, patrimonio cultural de la humanidad.

Las oficinas de finanzas resultaron ser un viaje al pasado. Específicamente a los años setentas. En vez de computadoras, había maquinas de escribir sobre los escritorios alineados uno detrás de otro. El licenciado Sánchez no fue difícil de ubicar. Era el único hombre rodeado de secretarias que devoraban tamales y sandwichones en un escritorio al fondo de la oficina.

-Buenos días, ¿se encuentra el licenciado Sánchez? –pregunté para remarcar que era yo un hombre de buena cuna.

-Para servirle –dijo un hombre de cara ratonil lleno de migajas sobre sus hombros y pecho-. Disculpe, es la hora del desayuno.

Quedé helado ante tan grotesco espectáculo. Las secretarias cuchicheaban entre ellas mientras devoraban sus tamales y hablaban de la falta de profesionalismo de una tal Lupita.

-Disculpe, me envió la secretaria del gobernador –dije con timidez por haber interrumpidos los santos refrigerios del licenciado Sánchez-. Tenga, me dio este sobre para usted.

El licenciado Sánchez ignoró el sobre que le extendí. Sus ojitos de rata hambrienta se posaron sobre el plato de plástico que sostenía con una mano para después, con la otra mano libre, tomar una rebanada entera sandwichón que no dudó en engullir con ferocidad.

-Esperé allí –dijo señalando con un meneo de cabeza hacia el frente una silla mientras masticaba.

Un cuarto de hora después, el licenciado Sánchez, aún impregnado de pequeños restos de comida en la camiseta, me preguntó en qué podía servirme. Le entregué la carta que me había dado la secretaria del gobernador.

-Oh, gracias –tomó la carta y sin atreverse a abrirla, la puso a contraluz para espiar su interior.

Lo que sospeché. El licenciado Sánchez no tenía la menor idea del porqué de mi visita.

-Verá, estoy escribiendo un libro turístico de Campeche –mentí-. Y la verdad es que me citaron para hablar de ello con el gobernador.

-Ajá, sí –dijo el roedor.

-Quería saber si el gobierno puede ayudarme en su publicación.

El rostro de Sánchez se contorsionó en una mueca que parecía ser una carcajada reprimida justo a tiempo. Luego, guardando la compostura, se limpió las migajas que le cubrían la camiseta, me explicó que todo el presupuesto en cultura había sido invertido ya. Me entregó de nuevo el sobre y me sugirió bajar al tercer piso. Debía hablar con la contadora Ordóñez.

Como era de suponerse, la contadora Ordóñez me repitió lo mismo que el licenciado Sánchez, sólo que ella me mandó bajar al segundo piso para hablar con el licenciado Gómez. El licenciado Gómez (otra especie de roedor), se vio un poco sorprendido al enterarse de que se siguieran escribiendo libros sobre la ciudad y me recomendó bajar a la planta baja donde debía platicarle mi situación al químico Rodríguez, mismo que me envío a las oficinas del Instituto de Cultura con el licenciado Alonso Ezequiel, director del mismo.

5

Si el reloj marcaba las nueve de la noche y las llantas del coche de papá no se oían chirriar contra el garaje, todos nos poníamos a temblar.

Durante un tiempo, los buenos tiempos, la mejor estrategia era apagar las luces de las habitaciones de la segunda planta y hacernos los dormidos. Si bien nos iba, papá amanecía dormido en una silla de la cocina. O tirado en mitad de la sala con un sándwich en la mano lleno de hormigas. Luego llegaron los tiempos malos. La crisis del 94. Papá decidió que debía despertar a mamá para que le hiciera la cena como bien merece un hombre que se rompe el lomo en una fábrica. Tenía dos métodos: uno, aventarle un almohadazo; el otro, levantarla a punta de insultos.

Una noche, pasadas las once de la noche, escuchamos las llantas del coche. Mamá nos pidió a mi hermano y a mí que nos quedáramos a dormir en su cuarto. Solo yo accedí. Papá entró en la habitación, apreté con furia mis parpados. Él encendió la luz y comenzó su ritual de palabrotas. Tímidamente intenté calmarlo. Papá ni siquiera me dirigió la mirada. Toda su atención era para mamá. Le regaló un repertorio de florituras dignas de un trailero. Ante este escenario, con mamá llorando sobre la cama, lo único que se me ocurrió fue ir a sentarme junto de ella y abrazarla. Y llorar como la hija que siempre quiso y finalmente tuvo, pero que dormía placidamente en otra habitación.

-Vas a despertar a la niña –dijo mamá en medio de sollozos.

-Cállate pendeja –dijo papá aventando un cenicero que se hizo pedazos contra la cabecera de la cama-. Todo es tu culpa. Todo es tu maldita culpa.

Papá nunca le pegó a mamá, pero esa noche tuve mis dudas. Él se acercó a nosotros, mamá y yo llorando abrazados como unas magdalenas desamparadas, la sujetó del brazo y le volvió a decir:

-Todo es tu culpa, pendeja.

Los ojos desorbitados y llorosos de papá eran los de un borracho capaz de todo.

-Suéltala o te mato –dijo una voz en la habitación.

Era mi hermano. En pijama. Con su cuerpo de linebaker de los acereros de Pittsburgh.

Papá ignoró a mi hermano como lo hizo conmigo. Grave error. Mi hermano, sujetó a papá por los brazos y lo empujó como un muñeco de trapo contra la pared.

Nunca supimos si papá se desmayó o se quedó dormido o simplemente fingió dormir o caer desmayado al perder su honor a manos de su primogénito. Fuera lo que fuera, mi hermano tomó de la mano delicadamente a mamá y la llevó a nuestro cuarto.

Apagué la luz del cuarto y en vez de irme con mamá y mi hermano, subí a la azotea de la casa y me quedé allí preguntándome la noche entera qué demonios eran los que despertaba el alcohol dentro de ese señor que podía ser un ángel de día y un diablo de noche.

6

Después de medio día desperdiciado literalmente en cada una de las oficinas del palacio de gobierno, lugar fértil para tomar desayunos y ver en la pantalla del televisor a mujeres contorsionándose en paños menores mientras resumían las tramas de las telenovelas, me interné en las adoquinadas calles del centro rumbo a las oficinas de cultura con la certeza absoluta de que no recibiría ni un céntimo para escribir un libro.

-Rodrigo –me llamó alguien.

Me detuve en la entrada de un establecimiento que parecía ser una librería. De los anaqueles apareció una silueta robusta, con gafas de pasta gruesa.

-Eutimio, hola. ¿Qué haces por aquí?

-Nada, revisando qué tal va la venta de mi libro.

-¿Y?

-Siguen todos aquí.

Entré a la librería y en efecto, allí estaban todos los libros de Eutimio Estrella. Decidí cambiar el rumbo de la conversación. Le platiqué mi travesía de la mañana y se me ocurrió, siendo él un autor publicado, embarcarlo en la publicación del ficticio libro turístico.

-Encantado –dijo-, si el gobierno piensa pagar, yo entro.

Luego le expliqué la procedencia del misterioso sobre que tenía en mis manos y a quién debía entregárselo.


7

La oficina del director de cultura era tal como me la había imaginado. Tapizada de libros y folletos por todos lados. Con el riguroso busto de Beethoven a un costado de un largo escritorio de madera cromada, y en el otro extremo, una figurilla de Don Quijote de la Mancha.

-Eutimio Estrella, qué milagro, maestro –saltó de su silla de cuero el director de cultura estrechando con ambas manos la mano extendida de Eutimio-. Qué me cuentas, para cuándo la próxima obra maestra. Oye, antes que lo olvide, déjame felicitarte. Me dijeron que te fue maravillosamente bien en el encuentro de Villahermosa. Ya sabes, salvo el texto que leíste, pero, por Dios, qué van a saber esos incultos de la nueva corriente literaria campechana.

Terminado el monologo de quince minutos del director de cultura, Eutimio finalmente pudo abrir la boca para presentarme.

-Ah, mucho gusto –dijo el director extendiéndome sólo una de sus pezuñas rosadas y delicadas que apreté y se me escurrió de la mano como si fuera un jabón mojado.

Tras otros quince minutos de cháchara interrumpidas por supuestas llamadas telefónicas de diversas embajadas, entre ellas la alemana, la chilena y la cubana, el director le dijo a todos los embajadores que los esperaba ansioso para el mes cultural.

-Eutimio, ya sabes cómo es la cultura, uno trabaja como loco –dijo acariciándose sus mejillas coloradas como un par de manzanas-. Pero bueno, ¿qué te trae por aquí, mi estimado poeta?

Con una elocuencia envidiable, Eutimio le explicó al director de cultura que estábamos trabajando en un libro turístico de la ciudad. Que el gobernador nos había mandando personalmente esta mañana a hablar con él.

-Qué raro, pensé que el gobernador estaba en el DF –dijo el director mirando con curiosidad el sobre que yo sostenía entre mis manos.

Pude ver de reojo como Eutimio estuvo apunto de salir corriendo de la oficina.

-En realidad –intervine quemando las naves-, este sobre me lo entregó ayer, luego de almorzar.

El director tomó el sobre y repitiendo el mismo procedimiento del licenciado Sánchez lo levantó sobre sus hombros y lo puso a contraluz para intentar ver su contenido.

-Veo que el sadwichón sigue siendo la perdición del gober –dijo con una sonrisa nerviosa señalando una mancha naranja embadurnada en el sobre-. Dense una vuelta la próxima semana y ya veremos qué se nos ocurre.

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