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actualizado 25 de agosto 2011
Por Sigmundo, por mi madre y por mi conciencia
No soy crítico literario
Por Rodrigo Solís
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Acabo de terminar de leer 20 POLVOS, una novela en cuyas últimas páginas (la antepenúltima para ser exacto, justo antes de los agradecimientos y de la hoja final que en realidad es la fotografía panorámica del autor sin pantalones, con el miembro al aire y fumando lo que tal vez sea un porro) aparece un AVISO FINAL donde el lector está obligado, ante su madre y conciencia, a sacarse una fotografía con el libro (con o sin los ojos tapados, vestido o desvestida en el afortunado caso de ser mujer), escribir una sincera crítica, sea buena o mala, larga o breve, y enviarlo todo, con premura, al mail de Rafa Fernández, el autor del libro.

No soy crítico literario, así que no voy a escribir una mierda, aunque Rafa lo pida y por más que sea mi amigo y haya tenido el detalle de regalarme y enviarme desde España su primera novela publicada en papel con una dedicatoria en la primera página donde afirma con puño y letra que me follo a la tía más buena de todo México.

De la novela no hablo. Punto. No porque no quiera, sino porque todos los días, Rafa publica en su blog una critica nueva de sus lectores que acaban de devorar el libro. Todas son criticas sinceras, hechas por hombres y mujeres que pareciera se ganan la vida escribiendo. Así que lo que yo pueda decir (que no me gano la vida escribiendo, porque ninguno de los varios periódicos que me publican me paga un peso) sale sobrando. Dicho esto, reproduzco lo que debería ser el prólogo de todas las novelas en papel que publique de hoy en adelante Rafa Fernández. Palabras sinceras del escritor Hernán Casciari que aparecieron publicadas en Enero de este año en el número 1 de la revista Orsai y que me hicieron correr a la computadora y quemarme los ojos frente a la pantalla durante varios días consecutivos.

Fue hace cinco o seis años, mientras navegaba sin rumbo por Internet. Me encontré de casualidad con un chico español que tenía un blog desquiciado. Se llamaba Rafa Fernández y trabajaba en una discoteca de Canarias. Fue la primera vez que leí literatura de verdad nacida en la Red. Este chico escribía cada noche unos Diarios secretos de sexo y libertad con el seudónimo de Sigmundo. Madre muerta en la infancia, padre abandónico, masturbación temprana. Me sentí, al leerlo, como los caseros de Henry Darger cuando encontraron el cuerpo del viejo, su obra escondida. Estuve toda una madrugada leyendo los textos de Rafa. No puede parar. Al terminar, la noche del siete de noviembre de 2005, le escribí un mail: “Hola Rafa, te descubrí por casualidad esta noche y me senté en casa a leer alguna cosa tuya. No tenía pensado darte más de cuatro o cinco minutos de mi vida. Y cuando vi la estética de la web, reduje el tiempo a dos minutos por culpa de mis prejuicios. Todo me era ajeno: el fondo negro, la disposición de los textos, fotos de mujeres desnudas, etcétera. El tipo de sitio del que me alejo más rápido. Cinco horas después, te habías convertido en la única persona que había logrado atarme a la lectura tediosa frente a un monitor. Odio leer en pantalla, y muchas veces no entiendo cómo mis lectores lo hacen. Siempre me vanaglorié de no haberlo hecho nunca: mataste ese orgullo, uno de los pocos que me quedaban, con la entraña de un estilo impresionante.

“Voy al grano: yo ya no soy un lector, hace mucho que no puedo leer con sorpresa, porque siempre el oficio va por delante. Voy siempre buscando el truco, viendo cómo el que escribe quiere venderme la situación, observando sus pasos previos, cómo se relame cuando sabe que va por buen camino. Deformación profesional se llama. Por esa razón festejo y agradezco los pocos momentos en los que eso no ocurre, cuando el estilo es más poderoso que toda la parafernalia de la modernidad. Es tu caso.

“No apostaba ni dos pesos cuando empecé a leerte: no me gustó la presentación de la página, no me gustó el tipo de letra, no me gustó tu forma tan rara de ponerle a todo dos puntos, no me interesa el tema del que hablás; todo, Rafa, en contra. Sin embargo, horas y horas leyéndote. ¿Por qué? Porque tenés la fuerza inhumana del narrador nato, porque hay una potencia genética en tu forma de contar las cosas, algo desgarrador que trasciende el morbo, trasciende lo pornográfico, o lo moral, o lo ético; porque carecés milagrosamente del pánico intelectual de tu generación, del pijerío mojigato que paraliza y provoca que la gente escriba con un molde de corrección, o de falsa corrección (todo es la misma mierda); porque estás más allá, incluso, de tu propia cabeza narradora.

“Es tan chato todo (el mundo, la literatura contemporánea, este progresismo de todo a cien) que un descubrimiento de este calibre provoca alegría, mucha, y casi nada más. Deseo que escribas, que escribas siempre, y que seas joven. Brindo por eso. Hernán”. Ahora pasaron seis años de ese correo. Nunca nos vimos en persona con Rafa, porque yo no soy muy de salir. Pero me parece muy necesario que esté acá, en el primer número de esta revista, con una recopilación de esos cuentos biográficos que, hace ya siglos, me reventaron la cabeza.

¿Existe una mejor reseña? El techo de mi cuarto está lleno de confeti y de demonios multicolores. También tengo la cabeza reventada.

P.D. Solo en un par de ocasiones de verdad he deseado con todas mis fuerzas que los dos o tres lectores que me siguen cada semana escuchen mis palabras: la primera fue cuando les hablé de una revista imposible llamada Orsai; la segunda es ésta: no dejen de leer 20 POLVOS y próximamente DIARIOS SECRETOS DE SEXO Y LIBERTAD. Por mi madre y por mi conciencia que no se arrepentirán.

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