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actualizado 15 de febrero 2011

El anillo Swarovski
“Yo no quiero catorce de febrero ni cumpleaños feliz” Joaquín Sabina
Por Rodrigo Solís

-Odio que me miren con esos ojos –dice mi chica al entrar al coche.
-¿Qué ojos? –pregunto. -Ojos de que mi bolsa es pirata –mi chica pone los ojos en blanco y cruza los brazos. -Pero si tu bolsa no es pirata –digo-. A tu mamá le costó una fortuna. -¿Crees que la pendeja que me vio en la farmacia va a creer que una mujer que se sube a un volcho va a tener dinero para comprar una Louis Vuitton original? No me animo a responder. Vivimos en el tercer mundo. El mundo de las apariencias. Donde las personas conducen Mercedes Benz y duermen bajo techos de láminas con goteras.

-Ven aquí Taquito –acaricio al perro de mi chica en un intento desesperado por cambiar el rumbo de la conversación. Taquito saca la cabeza por la ventanilla del volcho. El viento le revuelve la melena. Saca la lengua, sus ojitos como un par de botones negros resplandecen en la noche. Es feliz, pienso, los perros no discriminan, les da igual ir abordo de un volcho o de un Mercedes, ellos se conforman solo con salir a pasear y sacar la cabeza por la ventanilla para sentir el aire contra su cara peluda.

-¡Cállate Taco! –explota mi chica cuando Taquito empieza a ladrarle a una señora con reboso que vende flores en la esquina con semáforo. Taquito no cesa en sus ladridos hasta que su ama lo retira de mis piernas y lo arrulla como si fuera un bebé-. ¿Quién es mi bebé hermoso? Le cambia el semblante a mi chica. Al parecer ha olvidado el desencuentro con la mujer de la farmacia que creyó que era una compradora de bolsas piratas. Unos metros más adelante, en un poste de luz, un cartel anuncia una recompensa a quien encuentre a Zuly, un perro yorkie, muy parecido al perro que arrulla mi chica. -No puedo creer que ofrezcan esa cantidad de dinero por un perro –digo incrédulo. -¿Sabes cuánto costó Taquito? –pregunta mi chica, el ceño fruncido. Prefiero tampoco responder a esa pregunta. Piso el pedal del clutch. Meto primera. Acelero.

-Más que el volcho –dice mi chica-. De hecho, Taquito vale más que dos volchos. Permanezco en silencio. El capitalismo me hace sentir avergonzado. Humillado. Algo debe andar mal en el mundo: los ojos de los transeúntes, de los comerciantes, de los meseros, de los amigos, de los conocidos, de los familiares muestran en sus pupilas ese error. Esa fisura. Ese imposible. El sinsentido. ¿Cómo un escritor impresentable, que se está quedando calvo, puede ser el dueño de las noches de una chica de grandes ligas, musa de estrellas de rock, delirio de luminarias hollywoodenses, perdición de diseñadores afincados en la Gran Manzana? ¿Qué carajo hace una mujer de ese nivel montada en un volcho destartalado? ¿Acaso el pobre diablo de su amante esconde una anaconda en sus pantalones? No hay otra explicación, si no, no cojearía de ese modo al caminar.

-Ya te compré tu regalo de San Valentín –dice mi chica; dibuja una sonrisa.
-No te hubieras molestado –digo-, San Valentín es un invento de los comerciantes para que gastemos dinero.
-Oye, te dije que ya te compré tu regalo –mi chica borra su sonrisa-. Me importa una miarda quién haya inventado San Valentín y con qué motivos, es lindo que tú y yo intercambiemos regalos.
-¿Y qué me compraste?
-Un perfume. Y una crema aftershave. Y una crema para después de bañarse. Y…
-No te hubieras molestado.
-Pues sí me molesto, es el colmo que uses perfume Fraiche.
-¿Qué tiene de malo usar perfume Fraiche?
-Hueles a piratería.
Con disimulo tuerzo el cuello y me huelo por encima del hombro. No huelo nada. Huelo a la nada. La fragancia del don nadie.
-¿Sabías que Lady Gaga sacó un perfume? –pregunta mi chica.
-No.
-¿Sabes a que huele?
-No.
-A sangre y semen.
-Qué asco.
-Pues eso quiero que me regales de día de San Valentín.
Quedo estupefacto. Perplejo. Mudo. Puedo escuchar los trompetazos de los Jinetes del Apocalipsis reventando contra el coche.
-Avanza, está en verde el semáforo.
Con dificultad piso el pedal del clutch. Una lluvia de cláxones suena a mis espaldas. Meto primera. Más cláxones. Acelero.
-¿Eso quieres de regalo? –pregunto.
-Claro que no, bobo.

Un alivio invade mi cuerpo. Recuerdo por qué soy tan feliz de tener a mi chica. Más allá del pensamiento superficial de tener a una mujer que bien pudo escapar de un calendario de taller mecánico, ella es sencilla, desinteresada. Nunca me ha exigido nada más que hacerla reír. Escribir cada semana su biografía. La vida novelesca que la persigue desde el día de su nacimiento. Retratar a manera de venganza a los personajes chiflados de su familia que tanto la agobian, y que a diario tiene que reprimir el impulso de bañarlos en gasolina y prenderles fuego.

-Quiero un anillo –dice mi chica.
-¿Cómo?
-Un anillo.
-Pensé que odiabas el catorce de febrero.
-Ya no.
-¿Y eso?
-Quiero un anillo.
-¿Por qué un anillo?
-Quiero un anillo Swarovski.
-¿Qué eso?
-Es un anillo de cristal, no te estoy pidiendo un diamante.
-Y aunque me lo pidieras, dudo poder…
-¿Me vas a regalar el anillo?
-Sabes lo que pienso de los anillos.
-Sé perfectamente lo que piensas de los anillos –mi chica me clava una mirada asesina y Taquito escapa al asiento trasero.
-Es la peor idiotez gastar dinero en anillos, creo que…
-Dije que sé perfectamente lo que piensas de los anillos.
-¿Entonces?
-Que quiero un anillo.
-¿Un anillo Saromy?
-Swarovski, no seas indio.
-¿Y para qué lo quieres?
-Para metérmelo en el culo, para qué más va a ser.
-Ja-ja. Te conozco, nunca me pides nada, hay un motivo oculto por el cual quieres un anillo, y quiero saber cuál es.
-Ese es el motivo, que nunca te pido nada. Quiero que me regales algo.
-No creo poder…
-Vale mil ochocientos pesos.
-¿¡Mil ochocientos!?
-Oye, a la puta prometida de tu primo le regalaron un anillo de treinta mil pesos.
-Pero yo no soy constructor. Soy escritor.
-Pues termina de construir tu novela a ver si me regalas un anillo.
-¿Es eso? ¿Se trata de una competencia? ¿A ver quién tiene el anillo más caro?
-No, no se trata de una competencia. Solo te estoy pidiendo un puto anillo de cristal. Un puto anillo de miarda, no un diamante. Un anillo de cristal para que mis putos tíos millonarios cuando me vean digan que soy una mujer digna de recibir anillos, que soy una puta mujer valiosa, por la que vale la pena hacer sacrificios y regalarle cosas.

La voz de mi chica se quiebra. Se le empañan los ojos. Taquito regresa al asiento de mi chica y se acuesta sobre sus piernas. Sus ojitos negros como botones me miran con desprecio, discriminatorios, acusativos por hacer sufrir a su ama que tanto ama. Piso el pedal del clutch. Meto cuarta. Acelero. El motor cascabelea. Parece que reventará en cualquier momento por falta de mantenimiento. Avanzo sobre toda la avenida hasta llegar a casa de mi chica. El reflejo de mis ojos en el cristal panorámico del coche me devuelve una mirada acusadora, desdeñosa, igualita a la mirada de toda esa gente que me observa en la calle cuando me ve de la mano de mi chica.

-¿Al menos puedes decirme algo lindo? –suplica mi chica al bajarse del volcho.
-Te quiero mucho –atino a decir. Es lo único que me viene a la mente. Soy un idiota. Mi chica da media vuelta con los ojos arrasados en lágrimas. Es un valle de tristeza el porche de su casa. Abre la puerta de su casa. Veo su figura de espaldas desaparecer. No hubo beso volado de despedida. La puerta se cierra. Me lo merezco. Piso el pedal del clutch. ¿Por qué soy así? Meto primera. Increíble que no pueda decirle nada cursi, romántico, lindo. Acelero. ¿Por qué no puedo confesar lo que realmente siento por ella? Gritar a los cuatro vientos que es la mujer que más he amado en mi vida. Mi estación y mi tren. Mi trapecio y mi red. Que si ella se quemara provocando un incendio en su casa y quedara una masa amorfa de piel chamuscada y derretida aún así permanecería a su lado, besándola, amándola, cuidándola. Porque me importa una mierda si un día sus tetas de campeonato se le chorrean como calcetines hasta las rodillas, o si su abdomen queda flácido como gelatina o su cuerpo de conejita de Playboy se convierte en el de una gallina. No me importa. A mí lo que me vuelve loco es escuchar su risa de alarma de coche.

Pi-pi-pi-pi-pi. Risa imposible. De sit-com. De la Nana Fine. Fumarme todos sus pedos de cloaca. Esos que se revienta en lugares públicos minando restaurantes, iglesias, cines, etcétera, y que nadie sospecharía fueron obra de una mujer hermosa, porque en este mundo consumista y de apariencias se tiene la falsa creencia de las chicas lindas se tiran pedos con olor a rosas. Yo lo que quiero es envejecer a su lado, aunque me pudra los pulmones con sus bombas lacrimógenas. Que me mate un pedo asesino. De un paro respiratorio. Ya no le temo a la vejez, a convertirme en un anciano horrible que se caga en sus pantalones, pues gustoso seré una desagradable carga para los demás con tal de tomar un día más las manos también arrugadas de mi chica. De igual forma moriría feliz en un avionazo, reventar en el aire como mi chica quiere, con la azafata corriendo como loca por el pasillo alfombrado y pidiendo a los gritos que nos abrochemos los cinturones de seguridad mientras las máscaras de oxígeno se precipitan sobre los asientos, como marionetas muertas sobre nuestras cabezas, tal cual lo muestran en las películas; morir juntos, pues mi chica (no puedo creer lo loca que está) dice no poder soportar un día de su vida sin mí. Y yo la verdad, tampoco.

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