Proyectar nuestro gordo humillado
La salud entendida como un estado general de bienestar comienza por la aceptación de uno mismo
Por Carlos Miguélez Monroy
En un día de vacaciones fuera de su país, un niño pone en práctica sus conocimientos del inglés con una niña que juega en la misma piscina. Sorprendido de ver que se entienden a la perfección, acude a sus padres para presumirles su nueva amistad. Los padres se miran, cuchichean algo, y le preguntan al niño si había trabado amistad con la familia de Shamú, como se llamaba la orca que vivía en un acuario de Estados Unidos y que se hizo famosa con la película Free Willy.

Lo más probable es que la broma de los padres respondiera más a un resorte automático que a una intencionalidad de hacer daño a la niña sobrada de kilos, que también pudo darse cuenta, o a la inocencia de su propio hijo.

Él había visto una niña hasta que los padres le colocaron unas nuevas gafas que le dificultaron cada vez más ver personas en lugar de cuerpos. Esto no quiere decir que los niños no distingan entre bajo y alto, gordo y flaco, negro o blanco. Pero no suelen condicionar sus actitudes hacia los demás en función de esas categorías para ellos tan naturales. Hasta que dejan de serlo. Prejuicios, dificultades para relacionarse con otros e incluso con ellos mismos, pues lo que se proyecta hacia afuera se suele proyectar hacia dentro, y viceversa.

Se observa en parques y gimnasios cierta vigorexia, una adicción al “ejercicio por el ejercicio”. Entre las posibles causas están las humillaciones en la infancia y juventud, la falta de armonía de la familia, el perfeccionismo y la tensión. Como ocurre con la anorexia y la bulimia, la vigorexia se produce por una imagen distorsionada de uno mismo. La persona se ven pequeña y enclenque ante el espejo.

De ahí que el texto No hables con tu hija sobre su cuerpo, atribuido a la conocida educadora italiana, María Montessori, vaya en la línea de evitar ciertos comentarios. Aunque no vayan con mala intención, pueden producir daños irreversibles no sólo en las personas a las que, llenas de prejuicios, les cuesta trabajo relacionarse de persona a persona o en las personas con defectos físicos, sino en la sociedad en su conjunto. No se refería sólo a observaciones sobre defectos físicos, sino sobre todo a frases que ensalzan determinados cánones de belleza como si fueran absolutos.

En cierta medida, estas observaciones basadas en el aspecto físico han configurado al culto a una belleza deformada, con cánones rígidos y excluyentes, y que se ha relacionado con la proliferación de enfermedades como la bulimia y la anorexia.

También influyen la publicidad y los medios que publicitan los cuerpos de Cristiano Ronaldo, de Robert Lewandowski, de David Beckham, de Rafael Nadal, o Brad Pitt como si fueran el común denominador cuando dedican gran parte de su vida a la imagen, además de contar con el favor de un buen Photoshop.

La sociedad de la imagen vinculada al triunfo y a la búsqueda de adelgazamiento en periodos de tiempo inauditos y de la consecución de cuerpos imposibles produce comportamientos compulsivos en el ejercicio. Esto se ha manifestado en el boom de los gimnasios y en modas como el Cross Fit, que desarrolló el estadounidense Greg Glassman para entrenar a policías y, más tarde, por sus resultados, a bomberos y militares norteamericanos. De ahí saltó a los gimnasios esta serie de ejercicios anaeróbicos de gran intensidad, con muchas repeticiones y poco tiempo de descanso. Esto puede suponer un riesgo para la salud de muchas personas que quieran “ponerse fuertes” de la noche a la mañana, sin haber tenido hábito de hacer deporte en su infancia y juventud.

Se empieza a normalizar este culto al cuerpo llevado al extremo, con personas que siguen hasta la exageración el número de abdominales, flexiones y repeticiones de ejercicios de forma compulsiva, apoyados a veces de sustancias cuestionables.

La mejora en los hábitos de comida y de actividad física puede contribuir a que cada persona, con sus particularidades, tenga un aspecto saludable y armónico. La salud entendida como un estado general de bienestar comienza por la aceptación de uno mismo, y esto comienza con lo que comunican los padres a sus hijos: con sus chistes, con sus críticas y hasta con sus silencios de tensión.




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