Bush y Bicet: Soldados de la libertad
Bush y Biscet nacieron y crecieron en familias de sólidos principios morales, profunda fe en Dios y confianza absoluta en la providencia divina
Por Alfredo M. Cepero
El pasado 23 de junio, en una ceremonia privada celebrada en el Centro Bush de la ciudad de Dallas, se produjo un acontecimiento de un profundo contenido emotivo y de un alto simbolismo para la lucha por la libertad de Cuba. El ex presidente de una nación que por más de dos siglos ha sido faro de la libertad en el mundo abrazó al hijo de un pueblo que lleva 57 años en condiciones de esclavitud. George W. Bush le impuso al Dr. Oscar Elías Biscet, el único opositor cubano honrado con este galardón, la Medalla Presidencial de la Libertad que le otorgara en el año 2007. Por aquella época, Biscet estaba preso y Bush era presidente de la nación más poderosa de la Tierra. En este 2016, con su modestia característica, el Dr. Biscet dijo a la prensa: "El Presidente Bush dejó un maravilloso regalo para el pueblo de Cuba". Por su parte, Bush manifestó su admiración por el preso que nunca se arrodilló ante sus carceleros diciendo que: "El Dr. Biscet simboliza a todos los hombres y mujeres que mantienen el sueño de una Cuba Libre y Democrática".

Ahora bien, a pesar de compartir un compromiso firme en la lucha por la libertad, estos dos hombres tuvieron orígenes y recorrieron caminos muy diferentes para llegar a este histórico encuentro de Dallas. George W. nació y se formó en el seno de una familia no sólo acaudalada sino que disfrutó de la libertad para influir en forma considerable en la política norteamericana de los últimos cuarenta años. Oscar Elías Biscet nació y se formó en el seno de una familia condenada a la pobreza e impedida de participar en la política cubana por una tiranía empeñada en amordazar toda expresión de pensamiento libre. En los mismos años en que George W. dormía en cama blanda en ese palacio que es la Casa Blanca, Biscet dormía en el piso en una celda angosta y mal oliente con que la tiranía quería doblegar su voluntad. Mientras George W. era servido y obedecido por millares de subalternos, Biscet era mantenido en el anonimato por los tiranos y no contaba con otra lealtad y compasión para mitigar su miseria carcelaria que la de su esposa Elsa.

¿Cómo es posible entonces que estos dos hombres con orígenes y caminos tan distintos tengan tantos atributos comunes? La respuesta es simple pero de primordial importancia. Bush y Biscet nacieron y crecieron en familias de sólidos principios morales, profunda fe en Dios y confianza absoluta en la providencia divina. Con esos instrumentos salieron ambos jóvenes a un mundo minado por la hipocresía con la decisión de defender la libertad y servir a sus pueblos y a sus naciones. No buscaron la aprobación de las multitudes sino se impusieron como prioridad el cumplimiento de su deber y el respeto a sí mismos. No adoptaron posiciones fáciles sino decidieron tomar decisiones difíciles. Después todo, la defensa de las grandes causas ha sido siempre tarea de minorías y quienes las defienden no pueden detenerse a tomar en cuenta opiniones adversas. Esas han sido las posiciones de George W. Bush y de Oscar Elías Biscet en el curso de sus respectivas vidas.

Comencemos por George W. Un recién estrenado presidente fue confrontado en septiembre de 2001 con el ataque más artero y devastador de todos los tiempos perpetrado en suelo norteamericano. El joven presidente se enfrentó con firmeza a la barbarie del terrorismo islámico, inspiró confianza en una ciudadanía en busca de garantías a su seguridad, fortaleció las instituciones militares y creó las condiciones legales para impedir que se repitiera tal masacre. La Ley Patriota, criticada con saña por la ultraizquierda que culpa a los Estados Unidos por todos los males del mundo, mantuvo segura a esta nación durante los ocho años de la presidencia de George W. Bush.

Pero Bush no se detuvo ahí. Entendió que, para evitar la repetición de un ataque en suelo norteamericano, había que llevar la guerra a la madriguera de las fieras islámicas. Abrió los frentes de Afganistán y de Iraq, con mayor éxito en el primero que en el segundo, pero el análisis exhaustivo de este tema no es el propósito de este trabajo. Lo que sí podemos decir es que estas dos guerras consumieron no sólo gran parte de su tiempo y de los recursos nacionales sino mermaron considerablemente sus niveles de popularidad en el público norteamericano. Muchos de sus asesores le aconsejaron que diera marcha atrás e izara la bandera blanca.

Pero este hijo de Bárbara es un hombre terco y no se dio por vencido. En contraste con la arrogancia y la suspicacia de Obama con respecto a las fuerzas armadas, Bush si escuchó el consejo de sus asesores militares, se enfrentó a un público cansado de la guerra e ignoró las encuestas de opinión pública. Aumentó las tropas comandadas por el General David Petraeus y cambió totalmente el curso de la guerra a favor de las armas norteamericanas. Le entregó a Obama una guerra ganada que éste perdió cuando decidió retirar en forma apresurada el grueso de los soldados norteamericanos en Iraq, sólo para cumplir una promesa de su campaña "apaciguadora". De hecho, las condiciones de éxito eran tales, que el payaso de Joe Biden llegó a reclamar crédito por aquel triunfo para la nueva administración.

Ahora vayamos con Biscet. Aunque un hijo de la revolución nacido en 1961, a los 33 años de edad se enfrentó por primera vez a los tiranos y el régimen le inició un expediente oficial en que se le acusó de realizar “actividades peligrosas”. En 1997, creó la Fundación Lawton de Derechos Humanos en colaboración con otros compañeros de la oposición no-violenta. Acto seguido, juntos llevaron a cabo durante 10 meses una investigación clandestina en el Hospital Hijas de Galicia donde fueron documentados con estadísticas extraoficiales los procedimientos de aborto bajo el régimen comunista. El 3 de noviembre de 1999, fue arrestado, acusado de “deshonrar los símbolos nacionales”, “desorden público” e “incitar a conducta delictiva” y condenado a tres años de privación de libertad.

A finales del 2002, y después de cumplir su sentencia de tres años, Biscet fue puesto en libertad y se le permitió regresar a su hogar. Sólo un mes más tarde, fue arrestado de nuevo y acusado de actividades peligrosas contra la seguridad del estado. Esta vez fue condenado a veinticinco años de cárcel muchos de los cuales cumplió en condiciones de total incomunicación en una prisión de la provincia de Pinar del Río. Finalmente, Biscet y los demás presos de la Primavera Negra de abril 2003 fueron puestos en libertad condicional en el mes de marzo de 2011. En total, doce años de cárcel por denunciar la maldad de la tiranía y exigir libertad para el pueblo de Cuba.

Cualquier otro hombre pudo haberse dado por vencido y salido del país como le "aconsejaban" sus carceleros. Pero Biscet no es un hombre cualquiera que se deja amedrentar por bribones cuyo propósito es conculcarle la libertad y quitarle la patria. Al contrario, les subió la parada y pasó de la defensa de los derechos humanos en la Fundación Lawton a la defensa de la libertad con la creación del Proyecto Emilia, donde exige una salida inmediata de los tiranos y una transición a un sistema de democracia representativa. Creo que puedo describir esta posición con la frase de: "Sin los tiranos todo, con los tiranos nada". Por eso se opone ahora a la política de Obama dándole oxígeno a un régimen que se cae bajo el peso de su maldad y de su incompetencia.

En estos días, como han anunciado los medios de información en Budapest, Madrid, Miami, Washington y Nueva York, Biscet hace su primer y único recorrido fuera de su patria oprimida. Estará entre nosotros solo el tiempo necesario para establecer contactos, edificar estructuras y crear condiciones en el proceso de promoción de su Proyecto Emilia.

Pero regresará en breve a la patria de sus amores y de sus dolores. A tomar su lugar de trabajo entre los predestinados de la libertad. Obediente al mandato y confiado en la providencia de su Dios Bíblico que le señala el camino hacia la libertad de la patria.




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