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La Jornada
 
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actualizado 8 de marzo 2010

 
¿Pueden pensar los animales?
 
Por Prof. Christian Cazabonne  
(foto Archivo)

Con el creciente desarrollo del cerebro en los animales superiores aumenta también, naturalmente, su “capacidad espiritual”. Podemos adiestrar a los perros, a los elefantes, a los delfines, a los caballos etc., en toda suerte de actos, pues tienen memoria y, por tanto, la capacidad de aprender. Pero sus actos no delatan pensamiento en el sentido humano. Aunque parezca que los caballos inteligentes y los perros calculadores pueden pensar, la verdad es que las pruebas exactas a que han sido sometidos han demostrado siempre que sólo siguen (con frecuencia inconscientemente, mediante signos, etc.) las indicaciones de sus amos. Sólo cuando un animal no obra en alguna situación particular de acuerdo con las órdenes de su amo, podemos reconocer cierta capacidad de pensar.

Pero esto sólo es posible en nuestros parientes más próximos en el mundo animal, en los antropomorfos. Desde los experimentos clásicos de W. Köhler en Tenerife sabemos que sobretodo los chimpancés son capaces de realizar actos que presuponen la facultad de pensar. No sólo emplean objetos o herramientas, como un bastón que tengan a la mano, para alcanzar un cambur que de otro modo no podrían conseguir, sino también que las fabrican: ensamblando varias barras huecas, colocando varios cajones en forma de “escalera”, etc., “inventan” nuevas herramientas y las emplean inteligentemente. Esto supera ciertamente a lo que pueden hacer el resto de los animales, y en los escalones más bajos de su desarrollo también usó y fabricó el hombre herramientas siguiendo principios análogos.

Pero el hombre continuó avanzando y el chimpancé se estancó. Su “pensar” es completamente objetivo y corresponde a las necesidades del momento y está en relación directa con cualquier estímulo actual del medio. El hombre, por el contrario, puede pensar con conceptos, cosas que no puede hacer el animal, por faltarle el lenguaje. Por supuesto, los animales pueden entenderse de mil modos: mediante el contacto de las antenas en las hormigas; mediante las danzas, recientemente estudiadas, de las abejas, con las cuales señalan la dirección hacia donde hay plantas que pueden servirles de alimento; mediante llamadas de seducción, avisos, etc. Pero esto no es hablar en el sentido de expresar conceptos, y de ahí que sea tan difícil para nosotros penetrar realmente en el mundo animal.

El animal vive, según la especie a que pertenece, en un medio accesible para sus órganos sensitivos, en un “mundo de percepciones”, como dicen ahora los biólogos. Para los animales inferiores no hay probablemente “cosas”, sino sólo cualidades: dureza, olor, movimiento, etc. Para los animales superiores los objetos que los rodean son más claros, pero su “conocimiento” tiene que ser completamente distinto, por ejemplo, en un corzo, que se orienta por el olfato, y en un ave de rapiña que se sirve principalmente de la vista. O, para citar una observación del investigador J. Von Uexküll: “¿Qué es una florecilla de la pradera en el mundo de una abeja, de una hormiga o de una vaca? Plantear esta cuestión es vaciar el objeto en nuevos moldes”.

Las posibilidades funcionales de la vida humana alcanzan su culminación con el poderoso aumento del peso y la organización del cerebro. Muchos animales son superiores a nosotros por su elasticidad física, pero el espíritu ha compensado tales desventajas y ha hecho del hombre el “rey de la creación”. Pero, naturalmente, el pensador más eminente no es independiente de los procesos que se desarrollan en su cuerpo voluntariamente o contra su voluntad consciente y, por tanto, siempre ha habido discusiones sobre la cuestón de la interdependencia del “cuerpo y el alma”.

A este eterno problema se han dedicado bibliotecas enteras; cuando más profundizan las ciencias naturales modernas en estas materias excepcionalmente difíciles, tanto más claro se pone de manifiesto que la interinfluencia de lo espiritual y lo corporal es más estrecha de lo que se había creído en otro tiempo. Excitaciones anímicas, como el miedo, la alegría, etc., hacen que el corazón lata más de prisa, modifican el riego sanguíneo de la piel, en determinadas circunstancias aumentan la secreción de hormonas, influyen en la respiración, etc. Y a la inversa, una insignificante operación quirúrgica en el cerebro o en una glándula de secreción interna puede cambiar totalmente el ser de una persona. El moderno psicoanálisis puede presentar pruebas innúmeras del intenso efecto de los procesos anímicos sobre la salud y la enfermedad.

e-mail: prof.cazabonne@hotmail.fr

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