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actualizado 17 de noviembre 2010

Consejos muchos, adoctrinamiento más, compromisos pocos
Con frecuencia los líderes de las naciones del mundo se reúnen en cumbres y lanzan lecciones al mundo, que después no se consideran o no son más que flor de un día
Por Víctor Corcoba Herrero

El mundo es una masa de consejos, de adoctrinamientos absurdos, una aglomeración de veredictos, que muchas veces se imponen por la fuerza, lo que contradice la libertad de juicio a la que todo ciudadano tiene derecho. Lo cierto es que, en cualquier esquina, te encuentras un consejero, casi siempre sectario, dispuesto a injertarte una lección sin que la solicites, aunque el injertador no haya sufrido lo que yo. Otra cuestión es contraer un compromiso con el aconsejado, vincularse con la persona, sobrevivir con el ser humano, poner en servicio nuestra lealtad a las especies y al planeta. Gente comprometida con los valores de generosidad y entrega de sí mismo ya hay menos. Gobiernos realmente dispuestos a poner en práctica su compromiso de que el empleo, la protección social y el trabajo decente desempeñen un papel central en la recuperación mundial más allá de las palabras, también son minoría. Aconsejar está a la orden del día, comprometerse para convencer y vencer los obstáculos que los propios seres humanos nos ponemos unos a otros, es más difícil. Así como ser padre, ser madre, significa implicarse en educar, de igual modo ser ciudadano del mundo ha de significar involucrarse en favor de toda vida humana, provenga de donde provenga. La implicación es el mejor consejo.

Cuando todo el mundo aconseja la tolerancia como abecedario de unión entre culturas y pueblos, lo que en realidad hace falta es comprometerse uno primero con lo que se aconseja. La tolerancia por sí misma no es la religión salvavidas, ni entiende de adoctrinamientos, es el compromiso de la persona hacia los demás, con el mismo respeto que uno se tiene para sí. Hoy por hoy el mundo no es apto para todos, en parte porque esa masa de consejeros, más bien charlatanes de feria, predica sin ejemplo alguno. Complicado lo tienen estos guías a los que se les llena la boca de tolerancia para inculcarla, si luego, -como viene sucediendo-, jamás tienden una mano a aquellos que sufren de discriminación y marginación. Si en verdad hubiese un compromiso permanente, la desnutrición que sufren los niños de Yemen y de otras partes del mundo en conflicto, dejaría de existir. Si en verdad hubiese un compromiso permanente por la paz, habría una actitud más activa en cuanto al reconocimiento de los derechos y el respeto a las libertades de los demás. Si en verdad hubiese un compromiso permanente por respetarnos unos a otros, se reconocería el derecho a definir nuestra propia identidad y a pertenecer a la religión o cultura que deseemos. Si en verdad, en suma, todo fuese más verdad florecerían todas las causas justas, y no haría falta recordar a los líderes de los Estados sus compromisos y obligaciones.

Con frecuencia los líderes de las naciones del mundo se reúnen en cumbres y lanzan lecciones al mundo, que después no se consideran o no son más que flor de un día. Se aconsejan unos a otros, pero al final, siempre falla lo mismo: el compromiso. De nada ha servido hacerlo público. Nunca el planeta ha necesitado de tantas personas comprometidas para avivar un orden más justo en un mundo global. El bien común sólo figura en las agendas políticas, de palabra, no de obra. El bien de todos y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos, muchas veces queda en entredicho por la escasez de fuerza moral en la obligación. Cada vez se siente más la necesidad de despertar el deber humano de auxilio. Cueste lo que cueste, hay que levantar la voz ante las injusticias, colocarse al lado de los necesitados. Tras el cristal -como dijo el poeta- la rosa es siempre rosa, pero no se huele; el ser humano distante de sí y de los suyos, tampoco se oye. Sólo lo próximo nos duele. Y han de angustiarnos, aquellas palabras que no van seguidas de hechos, cuando el compromiso se queda en nada y la denuncia nos deja indiferentes. Yo prefiero un ciudadano inconformista antes que un cerdo satisfecho. La cultura es el logro de los valores, el compromiso con los valores, el despojo de sectarismos.

Echemos un vistazo a algunos de los principios que deben inspirar el compromiso humano a la luz de una ciudadanía globalizada. La propia vida requiere una llamada socializadora y solidarizadora. La protección a los débiles ha de ser la primera obligación de un mundo que se dice humanizado y, por ende, hermanado. Han de acrecentarse, pues, los compromisos antes que los consejos y nuestro desafío, el de cada ser humano, estará en sumarnos a difundir las promesas de esperanza para transformarlas en realidades. Sin duda, el compromiso de ser uno mismo ya es una respuesta valiente en un mundo sectario a más no poder. Desde luego, hacen falta muchos ciudadanos valerosos, templados en la acción y vivos en la opción, capaces de asumir un vínculo responsable en el seno de una sociedad en la que no cuenta la persona, sino el poder de la persona, donde la mundanal confusión aborrega y adoctrina, proveniente muchas veces de un extremismo sectario, revestido por la violencia política de unos consejeros sin escrúpulos.

corcoba@telefonica.net

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