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actualizado 12 de diciembre 2011
Coincidencias
El dolor pasa. Se extingue. Y lo que en verdad duele es saber que se puede vencer el dolor
Por Rodrigo Solís
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Soy un hombre desempleado y ahora mismo debería estar mandando mi currículo a varias empresas para que me terminen de robar la felicidad y la vida, en cambio, llevo varios días intentando (sin éxito) redactar un párrafo que diga lo que es imposible expresar con palabras a un amigo.

Dicho lo anterior, me saldré por la tangente. El 2 de diciembre del año 99, en mitad de un partido de softball, papá tuvo la puntada de que le viniera un derrame cerebral. Un espectáculo terrorífico, ya que toda la familia estaba presente. Y para peor, en ese momento (papá tambaleándose sobre la loma de pitcheo) nadie de los presentes sabía como se manifestaba un derrame cerebral en un ser humano.

Transportarme a aquel punto del año 99, me sigue helando la sangre. Si mi vida fuera una película o una serie de televisión, seguramente despertaría todas las noches atormentado, preguntándome qué coños me quiso decir papá mientras me vía a los ojos. Qué demonios significaron esos balbuceos mientras lo arrastrábamos hacia las gradas.

¿Soy un mal hijo por dormir a pierna suelta, por evadir a los psicólogos, por ser tan poco curioso en rascar en mi subconsciente y darle un significado a las últimas palabras de un padre moribundo?
Repito, si viviera en una película o en una serie de televisión, ahora estaría recostado en un diván, los ojos arrasados en lágrimas, un psicólogo haciéndome ver las últimas palabras de papá:
-Hijo, te amo, perdón por no pasar más tiempo contigo.

Sin embargo, en el mundo real, en mi mundo, o mejor dicho, en el mundo de mi progenitor, el significado práctico que le he dado a las últimas palabras de papá son las siguientes:
-Quita esa cara de idiota y llévame al hospital, ¿qué no es bastante obvio que me estoy muriendo?
Fin de la tangente.
El 2 de diciembre del 2011, es decir, hace apenas unos días, sonó el celular de mamá. Recostado en la cama de mi hermana, supe con certeza absoluta que le habían comunicado una noticia trágica. Lo supe por que el 99.9% de las llamadas que recibe mamá desembocan en jolgorio, risotadas, conferencias interminables con los infalibles “no me digas”, “lo sabía”, “ay, comadre, ¿cómo crees”. Arrastré los pies fuera del cuarto. Allí estaba mamá. Con cara de lápida. La mirada desencajada. Los ojos sin vida.
-Le dio un derrame a tu tío Palé –dijo.
Vuelvo a la tangente.

Mi tío Palé era el mejor amigo de papá. O eso decía la gente. Y honestamente yo no tenía por qué no creerles. Sin embargo, no recuerdo haber visto a mi tío Palé en el funeral de papá. Claro que esto se debe a que en el funeral de papá no recuerdo el rostro del 99.9% de las personas que abarrotaron la funeraria. Incluso no recuerdo el rostro de la novia que fue el amor de mi vida en ese entonces y emprendió un largo viaje desde el DF solo para estar a mi lado. Eso sí, recuerdo sus brazos rodeándome el cuello y un suéter rojo que llevaba encima. Aunque ahora que lo pienso, no recuerdo que el ex amor de mi vida fuera adepta a usara suéteres rojos. Imposible salir de la duda, no existe testimonio gráfico de uno de los peores días de mi vida. Como todos sabemos, es políticamente incorrecto tomar fotos en los funerales.

Otro dato que recuerdo vívidamente es la banca de concreto cubierta de losetas pequeñitas de la funeraria. Recuerdo que quería con todas mis fuerzas convertirme en una losetita verde azulada. Desaparecer. Pasar inadvertido. Recibir con placer los traseros de todas esas personas (que no dudo con las mejores intenciones) se sentaban a mi lado y me decían que lo sentían mucho. Dejar de ser el centro de atención de esas personas sin rostro que eran mis mejores amigos.

Digo que no tengo motivos para desmentir a las personas (entre ellas mamá) que aseveraban que mi tío Palé era el mejor amigo de papá. Tal aseveración me quedó clarísima una noche en que regresé a Mérida luego de mucho tiempo de ausencia y me lo topé en un bar.

Nos miramos a la distancia. Tendría yo 28 años. Los ojos de mi tío Palé se impregnaron de confusión y perplejidad. Me dieron ganas de desaparecer. Darme media vuelta. Perderme entre los borrachos que se dirigían al baño. Hacerle creer a mi tío lo que creyó en un principio cuando me vio atravesar la puerta del bar, que su mejor amigo estaba vivo, que su muerte hacía casi una década era una farsa, una broma de muy mal gusto, que había regresado de ultratumba a emborracharse hasta la inconciencia como en los viejos tiempos, con su mejor amigo.

Pero lo jodí. Como siempre. Arruiné el mundo paralelo que mi tío Palé había creado en su alcoholizada cabeza con mis 1.84 metros de estatura y mis lentes. Con mi cuerpo en ese entonces esbelto. Y mi tímido apretón de manos y mi estúpido saludo.

-Hola tío.
Retorno al meollo del asunto. Me encantaría escribirles a los hijos de mi tío Palé, en especial a Mauricio, que es con el que en realidad me llevo, un párrafo tranquilizador. Sanador. Lleno de sabiduría. O incluso excusarme de una forma verosímil del por qué no asistí al funeral de su padre, el mejor amigo de papá. Pero no puedo. No encuentro las palabras. Que más quisiera yo que decirle que la muerte de su papá fue una muerte poética. Derrame cerebral el 2 de diciembre y muerte el 3 de diciembre. Que de ahora en adelante, todos los 2 y 3 de diciembre que nos resten por vivir nos iremos a una cantina a embrutecernos como nuestros progenitores, en su honor. Puede que lo hagamos un año, dos cuando mucho. Y luego la vida sigue. Continúa con su monotonía y cotidianeidad. Y el dolor pasa. Se extingue. Y lo que en verdad duele es saber que se puede vencer el dolor. Porque ningún ser humano es perfecto. Por más que queramos idealizar a alguien en la memoria.

Papá era un hombre sabio. También mi tío Palé. Sabían que iban a morir. Eran conscientes de ello. Kamikazes del alcohol. Desconozco si el mejor amigo de papá balbuceó algo. Si sus hijos escucharon sus últimas palabras. Espero que sí. Seguro fueron las mismas palabras inteligibles que dijo papá. Traducción entre líneas:
-Idiota, haz de tu vida lo que mejor te salga de los huevos, solo tienes una.

Nota: luego de esta macabra coincidencia que la vida les reservó a dos amigos, me es imposible no publicar un capítulo de mi novela. ¿Cuándo voy a publicar toda mi novela en carne y hueso, o sea, en papel? Solo si este señor quiere. Traducción: puedes escribirle directamente a casciari@gmail.com y decirle: “yo sí leería la novela de Rodrigo Solís”.

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