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actualizado 28 de diciembre 2011
Un nuevo modo de ser en el mundo
No merece la pena vivir, a no ser que el cuerpo y el espíritu vivan en justa concordia
Por Víctor Corcoba Herrero
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En un mundo en continua contradicción y cambio, el ser humano no puede permanecer inmóvil. Son muchas las personas que buscan liberarse de la opresión, de las injusticias, del hambre, encontrando todas las puertas cerradas. Ciertamente, hay una crisis de humanidad. Con frecuencia, nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Generamos las más crueles noticias. La irracionalidad es el peor de los males. La locura llevada al extremo. Por ello, a poco que nos adentremos en nuestro yo, o en el yo con los demás, vemos que los valores morales, espirituales, culturales; no suelen convivir con el hombre, ni con la vida del hombre. Resulta, por consiguiente, difícil comprender que todos somos hijos de un mismo planeta y que todos somos hermanos de un mismo mundo. La experiencia de vivir humanamente por los demás y para los demás, no es sólo una idea más o menos bella, ha de ser una manera de actuar, un nuevo modo de ser y de vivir en el mundo.

Nada de lo que le ocurra a un ser humano, por muy distanciado que esté de nosotros, ha de dejarnos indiferentes. El ser humano tiene que tomar conciencia de lo que es y de lo que representa en el mundo. Es la generosa solidaridad la que nos permite engrandecer a la persona, dignificarla hacia ese bien común que todo mortal se merece. No podemos seguir alimentando un odio ciego que no tiene consideración alguna por la vida del ser humano. En 2011, se enviaron más de 120.000 miembros del personas de paz, a 16 misiones, en 4 continentes. Decenas de personas perdieron la vida en el cumplimiento del deber. Su ejemplaridad, cuando menos debe servirnos para afianzar, aún más si cabe, nuestra noble entrega hacia los más débiles. Hacen falta acciones de paz más allá de los meros discursos, gestos de paz en las familias, en los lugares de trabajo, en las comunidades y organizaciones. Es necesario, sobre todo, sensibilizar continuamente al ser humano en la armonía. El mundo que no se deja cautivar por la estética, más pronto que tarde, acaba por fenecer.

No merece la pena vivir, a no ser que el cuerpo y el espíritu vivan en justa concordia. Igual sucede cuando no existe un equilibrio natural entre el hombre y sus acciones. Desde luego, con la sugestión antinatural que nos invade tiene bien poco sentido la vida del ser humano. Es el acercamiento de unos a otros lo único que vale la pena acrecentar, la búsqueda es cuestión de conciencia y la exploración, de verse en el semejante, el argumento de querer y amar. Considero, pues, que tenemos que aprender a acercarnos más unos a otros y, también, más a la vida entre nosotros. Siete mil millones de personas necesitan energía no contaminante para leer, agricultura sostenible para comer, y oportunidades y empleos decentes para vivir con dignidad y prosperidad. ¡Cómo no expresar una vez más el deseo de que los responsables de las naciones y de las organizaciones internacionales, hagan todo lo posible por encontrar puntos de acuerdos ante las numerosas tensiones existentes en el planeta! Entenderse, y comprenderse, debiera ser el primer abecedario que se enseña.

El año 2012 puede ser un buen inicio para el ansiado cambio. El mundo necesita que el ser humano cambie actitudes, modos y maneras de vivir, exige del ser humano el esfuerzo sincero de una renovación interior coherente y generosa. La unión nace de los corazones que aman lo armónico. El planeta necesita vivir en armonía con la naturaleza y con la persona. De lo contrario, se degradará todo, el medio ambiente y los seres que moran en ese hábitat. Nos alegra que el mundo avance científicamente, sobre todo hacia las enfermedades crónicas, y que el impulso de los derechos humanos siga enraizando el planeta, pero también nos entristece el aluvión de injusticias y la escalada de violencias que abrazan actualmente al ser humano. Ni la canción de la perdiz gris, ni el lamento de los grillos -dijo el poeta- es la música de los surcos que mejor he comprendido. Yo tampoco entiendo a los cultivadores de zanjas, los cauces de la vida son los que son, todos bellos y todos para armonizar, no para separarnos, y uno tiene que ser humano, en el verdadero sentido de la palabra, para poder hacer algo por la evolución humana y su humanidad, que es lo más importante.

El ser humano crece cuando sabe hermanarse con la diversidad; lo que conlleva respetar la pluralidad globalizada. La única razón de esperanza que nos aviva es la de pensar que cada historia humana tiene un sentido por sí mismo y, que todas las historias, sin exclusiones, germinan de un proyecto de amor. Desde luego, para que el año 2012, la humanidad pueda avanzar de un modo más ágil y seguro por los caminos de la concordia, lo único que hace falta es la colaboración activa de toda la humanidad. Sin el vínculo del amor no será posible. Somos el amor que necesita el planeta en su conjunto. Dejémonos atraer por ese amor verdadero y los caminos de la vida se tornarán más digeribles. Este es mi deseo cordial, que traslado a todos los lectores, a la luz de los tiempos nuevos. Tengamos siempre presente, en nuestra ruta vivencial, que vivir es un constante proceso, una sucesiva transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer de las cenizas.

Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar un modo de ser e inaugurar una nueva época, que ha de ser más humana, más armónica con los frutos de la vida, y menos injusta. La idea de Ulpiano, sobre la justicia, de injertar en el corazón del ser humano, el hábito de dar a cada cual lo suyo, puede ser un buen propósito para avivar ese ansiada revuelta pacifista. Confinada la justicia de las sociedades, la deshumanización se sirve en bandeja. Se podrá ver morir al justo en manos del injusto y el planeta será un mar de fuego para inocentes.

corcoba@telefonica.net

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