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actualizado 25 de julio 2011
Un día de furia
Todo comienza muy temprano
Por Rodrigo Solís
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Esta historia termina conmigo escapando como un criminal de la escena de un accidente automovilístico. Me lo merezco por creer que la razón y el discurso son más poderosos que la violencia.

Todo comienza muy temprano.
Necesito imprimir unas hojas y luego llevar a mi chica al banco.
-Mira, hay una papelería junto al banco –digo-, qué suerte.
Pobre ingenuo.
Es el inicio del calvario.
Me formo en la fila, o mejor dicho, detrás de una señora.
-No da tono de fax –dice la señorita de la papelería-. ¿Segura que está bien el número que tiene, señora?
-Segura –dice la señora-, aquí tengo anotado el número.
La chica mira el papel que le entrega la señora.
-Le falta un número –dice la señorita-. Por eso no da tono el fax.
-¿Cómo va a ser? Mi hija me dio este número –la señora se rasca la cabeza-. Inténtelo de nuevo.
La señorita vuelve a marcar el número del fax.
-¿Se pudo? –pregunta la señora con ojos esperanzadores.
-Nada, no da línea, le digo que le falta un número.
-Qué raro. ¿Segura que falta un número?
-Segura.
-Uay, ¿cuál será ese número? –se vuelva a rascar la cabeza la señora.
-Deme veinte hojas de opalina –truena una voz a mis espaldas.
-En un momentito, señor –dice la señorita mientras marca por enésima vez el fax.
-Déjame le marco a mi hija para que me dé bien el número –la señora saca un celular de su bolso.
-¿Qué desea señor? –me dice la señorita.
-Necesito…
-Deme veinte hojas de opalina –me revienta el tímpano la voz a mis espaldas.
-En un momentito señor, estoy atendiendo a otra persona –dice la señorita.
-Necesito imprimir un archivo –le entrego mi USB a la señorita.
-¿Cómo se llama el archivo?
-Se llama…
-Deme veinte hojas de opalina.
-En un momentito, señor, por favor.
-Se llama contrato de publicación –digo.
-¿Va a tardar mucho imprimiendo? Necesito veinte hojas de opalina.
Quince minutos después salgo de la papelería con mis hojas impresas. Descubro que el contrato de publicación que me envió una revista del DF confundió mi nombre con el de otro escritor. No pienso comunicarme con la editorial y esperar a que me envíen mi contrato. Voy a firmar a nombre del otro escritor y a enviar el contrato hoy mismo. Sospecho que el otro escritor que tiene mi contrato, hará lo mismo que yo. A los escritores nos urge que nos paguen lo antes posible para no morir de hambre. Si por nosotros fuera, las editoriales tienen carta abierta para falsificar nuestras firmas las veces que quieran con tal de que nos den dinero. Pocas son las editoriales decentes que creen que nuestro trabajo merece ser remunerado.
Entro al banco.
Mi chica tiene la cara roja.
Se jala de los pelos.
-Puto banco de miarda –dice-, llevo una hora parada aquí y no avanza la fila.
Observo la fila. Hay diez personas delante de mi chica.
-Mira, esa se mueva más rápido –señalo la fila que tiene un cartelón que tiene un dibujito de una mujer embarazada y una silla de ruedas.
-Hijos de puta –masculla mi chica.
La fila de paralíticos y mujeres embarazadas en realidad es una fila ocupada por señoras y señores rozagantes erguidos en dos piernas. Las señoras sin ninguna muestra palpable de estar preñadas, no así los señores, cuyos vientres parecen albergar trillizos.
-La fila de ahí, ¿qué no es para embarazadas y para discapacitados? –pregunta mi chica al guardia.
-Así es –responde el guardia.
-¿Y?
-Bueno, también es fila para gente que tiene mucho dinero en su cuenta.
-¿Y cómo sabe usted que tienen mucho dinero esas personas?
-Señorita, yo solo soy el guardia.
Media hora después salimos del banco.
-¿Ves por qué debería tener una pistola? –dice mi chica-. Voy a abrir tardísimo mi salón.
Acelero a todo lo que da mi volcho, es decir, a 60 km/hr. Las calles están cerradas. Han comenzado a construir el famoso paso deprimido de la ciudad, es decir, un hueco debajo de una glorieta donde está una fuente horrenda (aunque según dicen algunos, patrimonio de la humanidad), que en teoría (o versión de la alcaldesa) modernizará a la ciudad además de agilizar el tráfico, decisión que en los últimos días provocó protestas de vecinos y decenas de inconformes que aseguran, y no les falta razón, que Mérida no necesita pasos a desnivel, que la construcción es un pretexto para que el gobierno robe. Como era de esperarse, las protestas fueron acalladas por el gobierno enviando a señores diestros en el arte de romper madres, dejando de saldo uno que otro revoltoso en el hospital por andar manifestándose de manera pacífica. Raudos y veloces, los periódicos que trabajan para la oposición mostraron los rostros ensangrentados de los heridos, y no tardó en correrse la voz por todas las redes sociales que una forma de plantarle cara al gobierno represor e irresponsable por despilfarrar nuestros impuestos es el no asistir al concierto gratuito de Shakira, que según cuentan, le costó a la ciudad 21 millones de pesos, concierto que por misteriosas causas cayó justo el día del cumpleaños de la hija adolescente de la alcaldesa, que por coincidencias de la vida, su sueño era ver un concierto de Shakira.
-Se acaban de ir tres clientes –dice la empleada de mi chica.
Mi chica se baja del volcho mentando madres, furiosa abre el salón de belleza de un portazo.
Me dirijo a correos. Debo enviar el contrato firmado que no está a mi nombre. Me interno en una de las avenidas más transitadas de la ciudad. Pienso que el gobierno debería hacer huecos en todas las avenidas. Agujeros sin fondo. Que todos los automóviles caigan a un vacío infinito y desparezcan.
En esto pienso cuando mi volcho se zangolotea involuntariamente delante de un semáforo en rojo.
-Uay, ya te pegaron –dice un vendedor de periódicos.
Al parecer soy la última persona en enterarse de que me han chocado.
¿Y ahora qué procede?
-Bájate a ver tu defensa –dice el periodiquero.
Obedezco.
Descubro con qué facilidad pueden hacerse añicos tus planes de la mañana. Convertir en un pequeño infierno tu día. Se desata la histeria colectiva. Una retahíla de cláxones de gente que llegará tarde a su destino se coordina con asombrosa pericia. Recuerdo por qué me gusta tomar las calles con alto de disco. No confío en la gente. Cada que tomo una calle donde no tengo alto cierro los ojos y aprieto la mandíbula esperando el impacto de un idiota que chatea por su BlackBerry.
-Uay, sí te dobló la defensa –apunta el vendedor de periódicos.
En efecto, la defensa trasera de mi volcho está doblada.
-No tiene nada tu defensa –dice el conductor que acaba de impactarme.
Reviso de nuevo mi defensa: está doblada.
-Señor, está doblada mi defensa –informo al conductor.
-No, no está.
-Tal vez si se bajara de su auto notaría que mi defensa está doblada.
-Yo no fui.
Quedo mudo. Me ha dejado sin argumentos.
-¿Cómo dice?
-Que yo no fui.
-¿Cómo?
-Que yo no le pegué. Su auto ya estaba chocado.
Empiezan a brotar lianas a mi alrededor. El Oxxo de la esquina se transforma en una caverna. La lluvia de cláxones son los rugidos de las fieras. Se me caen los lentes. Mi nariz es un hocico. Mis manos se llenan de pelos. Entonces veo a tres niños sentados en la parte trasera del coche que me acaba de impactar, ninguno rebasa los diez años de edad. No dicen ni pío. Están aterrados. Igual el anciano que está en el asiento del copiloto. Me sonríe nervioso. El conductor mira su retrovisor. Pone la palanca en la reversa. Puedo leer sus pensamientos. Ni en pedo te vas a escapar. Hay una serpiente de automóviles bloqueando cualquier salida.
Respiro profundo.
-Bajase del auto, por favor –digo. El por favor hace desvanecer las lianas, la caverna, mi hocico de bestia.
El conductor se baja del auto.
-No tiene nada tu coche –dice.
-No insulte a mi inteligencia –digo. Y en el acto me arrepiento. Si fuera una persona inteligente no estaría dialogando con este hombre. Hace rato ya le hubiera tomado por el cuello, sacado la cartera y obligado a pagarme a punta de golpes.
-Yo no fui –dice.
-¿Me está diciendo que mi defensa se abolló sola?
-Sí.
¿Por qué no le rompo la cara de un golpe? ¿Acaso no le saco medio metro de altura? ¿De qué han servido tantos años en el gimnasio?
-Yo lo vi todo –interviene el periodiquero, mi ángel guardián, que sostiene un periódico con la foto impresa de Shakira y el titular: “Ayuntamiento: 170 mil personas asistieron al concierto de Shakira”.
-Usted no se meta –dice el conductor.
-¿No le da vergüenza? –pregunto.
El conductor ignora mi pregunta y saca 50 pesos de la cartera. Se los entrega al vendedor de periódicos.
-¿Qué hace? –pregunto como un idiota.
-Ahora que venga la policía ya veremos quién tiene la culpa del choque.

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