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actualizado 21 de junio 2011
Preeminencia y legitimidad del G-8
El desafío es importante
Por Gustavo Adolfo Vargas*
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El nominado G-8, es un grupo de países industrializados del mundo conformado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia, cuyo peso político, económico y militar es muy relevante a nivel global.

Grupo representativo de lo que antaño, llamaban el Norte (por oposición al Sur) o de lo que actualmente podría ser su equivalente con la presencia de Japón y de Rusia, asemejándose desde un punto de vista estratégico al mundo occidental, que cada vez está más cerca de perder el monopolio del poder desplegado desde hace cinco centurias atrás.

Recientemente en la comuna de Deauville, en Francia, del 26 al 27 de mayo de 2011, se celebró la 37ª Cumbre del G-8, la cual concluyó en un clima de satisfacción o complacencia general de los ocho jefes de Estado y de Gobierno partícipes, quienes no expresaron desacuerdos (en público) y pudieron mostrar una unidad de buena ley ante los peligros actuales. Los altermundistas hace años criticaban con dureza a este grupo porque según ellos, se erigía en el directorio ilegítimo del mundo. Hoy en día parecen notarse más sus límites y debilidades.

Han instado a Gadafhi a dimitir del poder lanzando una seria advertencia al presidente sirio, Bashar el Asad; además, aconsejan a los países que apostan por la energía nuclear a que revisen sus protocolos de seguridad. Ofrecieron una ayuda económica a Egipto y a Túnez, para que las dificultades por las que atraviesan no descarrilen el proceso de transición democrática.

El desafío es importante: la caída de las inversiones extranjeras, los ingresos por turismo, y la acogida de los refugiados que han huido de la guerra civil en Libia.

La crisis económica acecha a El Cairo y a Túnez. Permitir que el proceso democrático se vuelva impopular, es arriesgarse a alimentar los extremismos.

Es preciso sondear la parte relativa del PIB mundial, de la que se beneficiaban sus miembros cuando fue creado este organismo a mediados de los años 70; la idea de que el mundo occidental aún pueda dirigir los asuntos mundiales, o al menos dar sus grandes orientaciones, contrasta con la realidad del incremento de poder de los países emergentes.

Se torna cada vez más obvia la duda de la impotencia del G-8, respecto al proceso de paz en Medio Oriente. El proceso de paz (o quizá de no paz) en esos lares es cada vez más evidente. ¿Qué credibilidad se puede dar a un nuevo llamamiento a la paz en la región?

El apoyo a los países árabes en transición democrática está económicamente a la altura de las capacidades del G-8. Sus miembros se han comprometido a poner en marcha una partida de 20,000 millones de dólares en los próximos años. Sin ser lo mismo, se ha establecido un parangón con la situación en los países del Este de Europa tras la caída del muro de Berlín.

Tales países cambiaban al mismo tiempo de régimen político y económico, pasando de un sistema comunista a otro liberal. Egipto y Túnez troca su sistema político, no así el económico. La verdadera pregunta, es saber si las promesas serán cumplidas realmente o si se producirá, como muy a menudo sucede tras las grandes cumbres, gran diferencia entre el efecto del anuncio y las sumas que se entregan en la práctica.

Quizá parezca curioso que el G-8 se haya permitido prever una ayuda adicional de 20,000 millones, que serían a cuenta de los países del Golfo. Ciertamente disponen de los medios, pero, ¿por qué razón el G-8 se permite indicar a estos países el camino a seguir? ¿Acaso se arroga el derecho de tomar decisiones por otros?

Hay gran peligro si el G-8 da la sensación de querer arreglar él solo los problemas del mundo, sin haber tomado en cuenta los formidables cambios del panorama estratégico. ¿No será más difícil la concertación con los países emergentes al transmitir la impresión de un mundo occidental que ha perdido velocidad, pero que al mismo tiempo insiste en dirigir los asuntos mundiales?

De hecho, Rusia, es la única auténtica ganadora, debido a su actual doble condición de miembro del G-8 y del grupo de los BRIC. El G-8 puede conservar una utilidad de concertación entre los países miembros, más no debe dar la sensación de que decide por los demás.

Al parecer surgía un nuevo orden tras la Gran Recesión fabricada por Estados Unidos, el G-20 acordó (o al menos eso se creía) que el próximo director del FMI sería electo de forma abierta y transparente. Se suponía que el desenlace de ese proceso casi con seguridad traería como resultado un director-gerente proveniente de un país de mercados emergentes.

Los europeos usualmente elegían a su candidato tras bambalinas, al igual que los norteamericanos, luego de una simple consulta superficial con los países en desarrollo. Con el apoyo secreto del G-8, el Fondo Monetario Internacional tendría un nuevo director-gerente, Christine Lagarde, Ministra de Finanzas de Francia. Sin embargo, las consecuencias podrían no ser buenas para el FMI, Banco Mundial ni para el mundo.

Allende la satisfacción exteriorizada por los participantes, quedan preguntas trascendentes. ¿Cuál es el poder real del G-8 en la actualidad? ¿Aún representa el estado del mundo actual? ¿Cuál es su legitimidad y eficacia?

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