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actualizado 28 de octubre. 2011
El deterioro del amor
La gente quiere amor para casarse, pero no necesita amor para tener relaciones sexuales
Por Herminio Otero
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Muchas relaciones emocionales se encuentran en un estado de deterioro cada vez mayor, especialmente las amorosas, a pesar de la aparente libertad que se anuncia en la sociedad actual. El amor, especialmente el amor romántico, es un invento reciente en la historia; no así el sexo, que, por lógica, está en sus mismos orígenes como condición necesaria.

Hasta hace poco, los matrimonios estaban pactados –y aún lo están en muchas culturas-, y la gente, sobre todo las mujeres, no se casaba con quien quería sino con quien podía o con quien le mandaban. Eso no significa que no se hicieran presentes los sueños de amor y que la química no lanzara su cupo de hormonas en el torrente sanguíneo. Primero venía la boda y después el posible enamoramiento.

Ahora todo ha cambiado. La gente quiere amor para casarse, pero no necesita amor para tener relaciones sexuales. La liberación sexual y los mecanismos de control de la sexualidad han facilitado los encuentros entre las personas. Y todo ello quizás va paralelo al deterioro de las relaciones más primarias y naturales como el amor.

El sociólogo Zygmunt Bauman afirma que la posmodernidad ha roto todos los anclajes de la vieja “sociedad sólida”, construida sobre bases estables como la familia, el empleo o las instituciones políticas y que, por ello, esa sociedad se ha desvanecido dando paso a una “sociedad líquida”. Ahora nos movemos en un entorno precario y cambiante, en el que han perdido su significado antiguos valores como la fidelidad, la duración o la renuncia. Se habla incluso de la “sociedad gaseosa”: los individuos y las instituciones flotamos a la deriva.

En su obra Amor líquido, este sociólogo habla de la fragilidad de los vínculos humanos y explica que el frenético consumo de una sociedad de mercado ha degenerado nuestros vínculos personales al tratar al otro, ya sea amante o prójimo, como una mercancía más, de la que uno puede desprenderse con cierta facilidad: “Vivir juntos adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no se hacen promesas, y las declaraciones, cuando existen, no son solemnes. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar”, afirma Bauman. Para este autor, los vínculos duraderos son sospechosos ahora de una dependencia paralizante y no son rentables desde una lógica del costo-beneficio.

Solo nos interesa consumir y volver a consumir otra vez. En la modernidad “líquida” de Bauman, “la felicidad se asocia con la movilidad y no con un lugar”. El sociólogo atribuye al modelo consumista el nacimiento de la sociedad “líquida” cuyo impacto más profundo se refleja en las relaciones sociales, y más en particular en las relaciones entre el hombre y la mujer, que se han hecho cada vez más flexibles, impalpables, como lo manifiesta el concepto actual de amor reducido a mero sentimiento pasajero.

Con la crisis económica, las rupturas totales disminuyeron, así como el número de nuevos matrimonios. En 2010 volvieron a aumentar las rupturas, no así las bodas. Las parejas que se separan son ya más numerosas que aquellas que deciden casarse.

Las causas más frecuentes de la ruptura matrimonial han sido analizadas por un estudio realizado por Friend Scout 24 en 2010: la infidelidad, una práctica muy extendida, es el motivo más frecuente de la ruptura entre los españoles de entre 18 y 25 años. Otras causas importantes son el miedo al compromiso o no querer al lado a alguien que no quiera ataduras, especialmente entre el 21% de las parejas españolas de entre 26 y 35 años. A partir de los 45 el problema para los españoles es qué hacer cuando el amor se acaba. El 20% de las relaciones que termina a esa edad lo hacen por este motivo.

Estas cifras hablan de la escasa “salud relacional” y del deterioro del amor en la población española, en la que cada cuatro minutos se rompe una pareja, con lo que eso conlleva siempre de frustración y de fracaso.

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