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actualizado 12 de sept. 2011
Beneficiarios y víctimas del desconcierto
“Lo que sabemos es que no sabemos nada”
Por Carlos Miguélez Monroy
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Al estallar la crisis financiera, el presidente francés Nicolás Sarkozy apeló a una refundación del capitalismo de la que no hay rastro tres años después. Atrás quedaron las supuestas intenciones de implementar mecanismos para acabar con los paraísos fiscales y para gravar las transacciones internacionales de carácter especulativo.

En su lugar, la clase política ha obedecido a las medidas que les han impuesto los “mercados” a los que pretendía controlar y que coinciden en un punto: recortes que perjudican la calidad de la educación, de la sanidad, del acceso a la vivienda, pensiones y sueldos de funcionarios. A pesar de esta demostrada incompatibilidad de los llamados “mercados” con la dignidad humana y el respeto de los derechos humanos, los representantes políticos se convierten en cómplices que sacrifican los derechos de la ciudadanía para alimentar a monstruos que piden más cada día. Estos “sacrificios necesarios” producen indignación cuando se comparan con la falta de medidas para frenar a la banca y al mundo financiero que provocó esta crisis.

Más allá de estos “sacrificios”, la falta de coherencia en el debate público sobre las medidas que se tomarán para evitar una catástrofe económica que ya padecemos representan otro síntoma de la debilidad política ante la voracidad de los “mercados”. “Lo que sabemos es que no sabemos nada”, en palabras de José Ortega y Gasset, que expresan el estado de una ciudadanía que cada vez entiende menos ante la ensalada de ideas que presentan los políticos a través de los medios de comunicación.

No puede sorprender el auge de diarios “deportivos” que han convertido la vida personal de futbolistas, sus declaraciones y sus rivalidades en la telenovela que consumen a diario millones de hombres (a mujeres también). Ni se puede culpar a quien prefiera evadirse con Gran Hermano y con la prensa rosa que hacer el esfuerzo de descifrar mensajes contradictorios y que pocos políticos saben explicar con claridad: hay que subir impuestos, hay que bajar impuestos. Hay que consumir para estimular el consumo y la economía, hay que apretarse el cinturón. ¿Alguien puede creer que un ciudadano con dos dedos de frente consumirá más cuando le recorten la paga por desempleo? Dicen que no hay tiempo para subir los impuestos a las rentas más altas, pero en un mes se aprueba una reforma constitucional para limitar el gasto público.

Mejor sucumbir al entretenimiento sedante que angustiarse por la alarma que producen unas declaraciones de la directora del FMI, Christine Lagarde, sobre una posible nueva recesión mundial. Eso, pensarán muchos ciudadanos, es lo que necesitan unos “mercados” que no creen en nada ni en nadie para castigarnos más. O cambiarán de canal por la disonancia cognoscitiva que supone escuchar a una persona investigada en su país por posible cohecho y corrupción mientras ocupa ese puesto. Su antecesor, un socialista amante del lujo, tuvo que dejar el cargo por un escándalo sexual. En estas manos estamos, piensan con razón.
En algunos países, la derecha defiende la subida de impuestos a los más ricos, mientras en España se tacha de demagógica la medida. En Estados Unidos se plantea con mayor timidez aún, pues la “necesidad” de consentir a los ricos para la creación de empleo (con tasas de desempleo récord, por cierto) se presenta como verdad revelada.

La parálisis que produce este desconcierto se parece al estado de shock que, como sostiene Naomi Klein, producen en las personas las “catástrofes naturales”, los golpes militares, la tortura masiva y las crisis económicas. Facilitan así la toma de medidas impopulares y la suspensión de derechos sin que las personas protesten. Aunque esto ha ocurrido en muchos países, cientos de miles de ciudadanos han conservado su capacidad de reacción, que han multiplicado por medio de las mismas redes utilizadas para informarse. Lo hemos podido ver en Grecia, en España, en Chile y en Israel, aunque su primer ministro dice estar tranquilo porque el conflicto que se avecina con los palestinos unirá de nuevo al pueblo y calmará las aguas. Con esa falta de pudor. Este panorama de aparente falta de soluciones abre la puerta a auténticos líderes con ideas que tengan el valor de decirlas y la audacia de saber explicarlas a la ciudadanía.

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