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actualizado 16 de sept. 2011
El perro y la aguja
No conozco a ningún perro que se haya comido una aguja del piso
Por Rodrigo Solís
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Fiera tiene un radar para despertarme en mitad de mis siestas.
-¿Bueno?
-Algo le pasa a Taquito.
-¿Qué le pasa?
-Se ve raro.
-¿Cómo qué se ve raro?
-No ladra, no corre, no muerde.
-Vaya, ya era hora que dejara de comportarse como un psicópata.
-Está rarísimo. ¿Qué hago?
-Pues nada, déjalo así.
-¿No me estás escuchando? Te digo que algo malo tiene. Tengo miedo. Te juro que si algo le pasa mato a mi mamá.
-¿Y qué culpa tiene tu mamá en esto?
-¡Toda!
-…
-La idiota anda dejando agujas tiradas por el piso.
-¿Y?
-Seguro Taquito se comió una aguja.
-No conozco a ningún perro que se haya comido una aguja del piso.
-Es que estaba cocinando y... y… y le di un pedazo de carne a Taquito. Te juro que no tenía hueso, lo chequé. Se lo tiré al piso y seguro se le pegó una aguja.
-¿Sabes cuales son las probabilidades de que haya una aguja justo en el lugar donde tiraste el pedazo de carne?
-Lo sé, solo era un pedacito. Chiquititito.
-¿Entonces?
-Taco se empezó a ahogar. Pegó un grito. Me asustó. Bajé la mirada y vi el pedacito de carne en el suelo. Lo escupió.
-¿No estaría muy caliente la carne?
-¡¿Crees que soy idiota?! Toqué la carne antes de dársela. Estaba tibia.
-Igual y se quemó.
-¡Te digo que no! Se tragó una puta aguja. ¿Qué hago?
-Llama al veterinario.
-Está tosiendo. No sé qué hacer.
-Yo tampoco, no soy veterinario.

Entro al salón de belleza. Fiera tiene una cara de 3 kilómetros de largo. No me dirige la palabra. Taquito sale disparado a saludarme. Mueve la cola. Brinca. Me he ganado su cariño y respeto a base de periodicazos.
-¿No lo ves raro? –me pregunta Rina, la empleada de Fiera.
-No, lo veo igualito.
-¿Cómo no lo vas a ver raro? Míralo bien –brama Fiera.
-Lo veo igual que siempre.
Subimos al volcho. Taquito asoma la cabeza por la ventana como todos los días. Intenta ladrarle a los vendedores ambulantes cual psicópata que es. Fracasa. Tiene una arcada. Y luego otra.
-¿Ves? Te lo dije.
-No vomitó nada.
-Por eso, está intentando vomitar la aguja. Tiene algo. ¿No lo notas?
-No lo sé. No soy veterinario.

Fiera no me dirige la palabra en toda la noche. Ni siquiera tiene la educación de disimular su odio hacia mi persona.
-¿Qué te pasa Fierecita? –pregunta mamá-. ¿Estás molesta?
-Sí. Taco tiene algo. Seguro se tragó una aguja.
-¿Una aguja?
Fiera explica con lujo de detalles su teoría.
-Si estás tan convencida de que se tragó una aguja, vamos a llevarlo al veterinario –opino.
-Pero tú dime, ¿cómo ves a Taco? ¿Lo ves raro?
-Te digo que lo veo igual que siempre.
-¿Y los vómitos?
-¿Qué vómitos? No vomitó nada.
-Por eso, está raro, algo tiene. No quiere jugar con Mía y Blacky. ¿Qué crees que sea?
-Te repito, no soy veterinario.
Mamá sabiamente escapa de la cocina.
-¡Contigo no sé puede contar para emergencias!
-¿Tengo cara de veterinario? Si tan mal lo ves, te digo que lo llevemos al veterinario.
-¡Va a salir carísimo! ¿Sabes cuánto cuestan los rayos X?
-Entonces no lo llevamos. Fin del problema.

Taquito amanece tan radiante como todos los días. Salvo que no hemos tenido el placer de ser despertados por sus ladridos infernales.
-¿Lo ves raro?
-Lo veo igual que siempre.
-Míralo, ya está empezando con los vómitos.
-Intentos de vómitos, dirás.
-Te digo que se tragó una aguja.
Solo una persona puede poner fin al odio que crece en el interior de Fiera: el veterinario.
-Vamos a echarle un ojo –el veterinario le abre la boca a su paciente. Taquito forcejea. Escapa de las manos de Fiera.
-Agárralo, tú tienes más fuerza –me ordena Fiera.
-No se trata de fuerza –interviene el veterinario-. Yo me encargo.
El veterinario manipula a Taquito. Le palpa la barriga. Le abre la boca. Le ausculta con una lamparita la garganta.
-¿De casualidad ven el programa Qué comió mi perro? –pregunta.
-Sí, por eso creo que se comió una aguja.
El veterinario ríe. Menea la cabeza.
-Ese programa es una basura, pero me está haciendo rico. No tienes ideas de cuantas llamadas recibo al día de señoras que creen que su perro se está muriendo.

Entramos al salón de belleza. Aguardo el tiempo prudente para regodearme.
-¿Y qué tenía? –pregunta Rina, la peluquera.
-Absolutamente nada, el perro está sano –es tiempo del regodeo.
-Eso es lo que dice el veterinario. Pero lo dudo –Fiera llena de besos a Taquito-. Ni siquiera lo revisó bien. Pinche consultorio todo jodido. Ni máquina de rayos X tenía. Estoy segura que Taquito se tragó algo.
-Sí, el pedazo de carne que tú le diste.
-¡¿Y tú de cuándo a aquí eres veterinario?!
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