Lunes, 20 de Mayo de 2019
¡Hola!
Puedes iniciar sesión,
si no tienes cuenta crea una
publicidad

 
actualizado 22 de sept. 2011
Democracia: Una bandera, un derecho, una ilusión
La democracia ha sido también la bandera política para derribar caciques
Por Ignacio Pareja Amador
Translate

El 15 de septiembre pasado fue el día internacional de la democracia, distintas naciones lo celebraron a su modo y a la forma que los caracteriza como países donde la población tiene la capacidad para elegir a sus gobernantes. La democracia ha sido la bandera de más de una revolución, fue uno de los anhelos a los que aspiraron los ilustrados que derrocaron a la monarquía francesa en el siglo XVIII; fue parte de los principios que impulsaron la lucha por la independencia en las colonias latinoamericanas en el siglo XIX, y es hoy en día, por lo menos para nuestro continente, uno de los logros más importantes que alcanzaron nuestros padres, abuelos y ancestros.

En esencia la democracia busca posicionar al individuo, o mejor dicho a la sociedad en su conjunto sobre el gobierno, o sea, busca darle el poder en la elección primero, y posteriormente en la evaluación, a los ciudadanos para que ningún gobernante se encuentre por encima de ellos, respetando el estado de derecho como una situación propia de los países democráticos.

Para ello, el concepto toma como referencia aquellas circunstancias históricas donde el dominio de las elites (díganse los terratenientes, los monarcas o dueños del capital) oprimían al pueblo arrebatándole toda garantía, cualidad y trato que al que todo ser humano tiene derecho por el simple hecho de pertenecer a esta especie.

La democracia ha sido también la bandera política para derribar caciques y dictadores, es igualmente el pretexto más justo para desequilibrar a sociedades enteras a favor del interés económico y la estabilidad política, o cómo explicamos que si haya habido una reacción militar de apoyo contra el Egipto de Mubarak, la Libia de Gadafi, el Túnez de Ben Ali, y no sobre el Arabia Saudita del rey y primer ministro Abdallah bin Abd al-Aziz Al Saud, que refugió a Ben Ali, y quien es inmune a las posturas de Occidente gracias a su alianza petrolera con EE.UU.

Cómo explicar que no se haya irrumpido con toda la fuerza internacional sobre Sudán o Somalia, donde se viven verdaderas crisis humanitarias, cuya necesidad principal no se basa en el poder del pueblo para gobernar, sino en cubrir las carencias de personas que no están meramente interesadas en la política, sino que buscan sobrevivir, quienes ven todos los días como la opresión racial, física y psicológica no se compara con el hambre, la sed y la impotencia que resulta de tratar de vivir en un mundo rico, que no tiene nada para los pobres. Antes de contestar estos cuestionamientos que son más realistas que ilusorios, y que por tanto llevan implícita la respuesta en la sospecha, que cualquiera de nosotros a interpuesto a las razones del apoyo internacional a las distintas revoluciones árabes, volvamos a nuestra región, donde, por ahora conocemos más bien a la democracia representativa, que a la democracia integral, pues aun estamos lejos de alcanzar tanto a nivel de los gobiernos como de los ciudadanos estándares aceptables de transparencia y rendición de cuentas, que pese a los esfuerzos que se están haciendo para cumplir con estas metas, aun los procesos caen sacos rotos, de inmensos papeleos, poco estandarizados que entorpecen incluso la función pública, utilizando recursos que bien podrían concentrarse en potencializar el desarrollo de nuestras naciones, aunque tan bien es bueno admitirlo, esto es parte del aprendizaje.

No todo es ganancia en la democracia latinoamericana: Cualquiera pensaría que al ser un sistema que permite la rotación de los gobernantes, se posibilitaría una mayor apertura hacia quienes no han tenido la oportunidad de mostrar sus capacidades políticas a favor del Estado, sin embargo, estos espacios de participación directa en el gobierno son dominados por los partidos políticos, entes que muchas veces protegen los intereses de las élites e impiden el ascenso de nuevos liderazgos, justamente ante el miedo de que su sistema de dominación se minorase ante la cosmovisión de un agente ajeno a su forma de gobierno.

La democracia actual en nuestra región aún permite varios vicios heredados de las clases monárquicas y dictatoriales que solían gobernarnos, quizá ante la ignorancia colectiva ocurren hechos lamentables como el tráfico de influencias, las herencias familiares del poder público, los tratos y protección para quienes detentan del poder económico.

Sin embargo, el sistema avanza, aunque lento, pero lo hace. Son justamente los avances tecnológicos los que pueden ayudarnos a implementar a la democracia como una institución integral en nuestros gobiernos, es nuestra comunicación a través de los medios la que nos permite conocer las mejoras en otras naciones, para motivar las propias en nuestros países. No hay que olvidar que somos la sociedad más comunicada, la más globalizada, la más informada, y en este sistema de gobierno, donde por pilar estamos los ciudadanos, nuestros progresos individuales serán la base sobre la que se finquen los anhelos, ideas y la futura materialización de la democracia que necesitamos.

Comentarios
El diario La Jornada insta a los lectores a dejar sus comentarios o quejas al respecto del tema que se aborda en esta página, siempre guardando un margen de respeto a los demás. También instamos a reportar las notas que no sigan las normas de conducta establecidas. Donde está el comentario, clic en Flag si siente que se le irrespetó.
 
©2012 La Jornada. Una empresa del grupo Arévalo-Garméndez. All Rights Reserved.