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actualizado 10 de enero 2012
El dilema de la socialdemocracia europea
Los opositores socialdemócratas han sido absorbidos por los partidos que defienden el libre mercado
Por Maximiliano Sbarbi Osuna
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La socialdemocracia europea se encuentra al borde de la extinción. Gobierna en muy pocos países y desde la oposición cada vez presenta menos oportunidades de hacer frente a la derecha gobernante, a pesar de la crisis que hace tambalear al sistema político en su totalidad. Los sectores llamados de centroizquierda, como el PSOE español y el Partido Socialista (PS) francés, han jugado con desventaja en el terreno tradicional de los partidos de derecha (PP, en España, y UMP, en Francia). La aplicación de políticas neoliberales para contener la deuda pública y la alianza con el mercado fue un gravísimo error político, tanto del PP como del PS de Francia, ya que en ese ámbito se manejan de manera más cómoda las fuerzas políticas procapitalistas y no la socialdemocracia, que perdió en la práctica los valores de la inclusión social.

La derecha con tintes fascistas está reemplazando a la llamada centroizquierda europea por el intento fallido de refundar el capitalismo sobre la misma base que los conservadores. Por lo tanto, los opositores socialdemócratas han sido absorbidos por los partidos que defienden el libre mercado, principalmente porque no han traicionado a su electorado, como sí lo hicieron los supuestos centroizquierdistas. Pero, aunque en Francia el PS no gobierne desde hace mucho tiempo, las propuestas políticas cercanas al UMP, para dar confianza a los mercados, y el comportamiento en el Parlamento demuestran que la diferencia entre uno y otro partido no es económica.

El candidato elegido por el PS para enfrentar a Nicolas Sarkozy en las elecciones presidenciales de abril es François Hollande, quien hasta hace poco tiempo mantenía una importante diferencia con el actual presidente. Pero, esta brecha se acortó, ya que la intención de voto actual ronda el 27% para el socialista y el 24% para el conservador. Es más, Hollande alcanzó el protagonismo durante las primarias del PS, que promocionaron al partido, porque antes de esas elecciones internas no sobrepasaba a Sarkozy como favorito.

Desde hace dos semanas la distancia entre ambos parece estar acortándose. En primer lugar porque el programa electoral de Hollande no difiere demasiado con el de Sarkozy y además los votos se están moviendo hacia los representantes de la extrema derecha, como Marine Le Pen, del Frente Nacional, o hacia la izquierda que repudia el comportamiento cómplice del PS, Jean-Luc Mélenchon del Frente de Izquierda. Le Pen mantiene ideas que cada vez tienen más adeptos en la Europa en crisis. Es antieuropeísta, repudia al euro y tiene mejor imagen que su padre. Las propuestas de Hollande son tibias frente a la contundencia simplista de Sarkozy. El presidente sabe que, ante la enorme crisis de la zona euro y el rechazo que tiene al subir la edad jubilatoria, debe realizar políticas populistas hasta las elecciones.

En cambio, Hollande no logra presentar una alternativa a las principales críticas que se le hacen a Sarkozy, como por ejemplo el congelamiento de los salarios, la jubilación, la energía nuclear y el liderazgo alemán de Europa. Esta falta de opción queda evidenciada con la casi nula elaboración de propuestas, que son reemplazadas con insultos hacia el presidente. En tanto, Sarkozy se acerca a su principal contrincante al aprovechar las cumbres europeas para hacer campaña interna. Mientras Hollande, uno de los pocos méritos que destacan sus publicistas es el haber adelgazado, dejando atrás la figura del político aburguesado, para reconquistar al electorado socialista. Además, el PS está atravesando una crisis interna. Un nuevo caso de corrupción salpicó al partido en la región Norte. Desde el entorno de Sarkozy dispararon contra Hollande afirmando que es cómplice o bien muy ingenuo para no estar al tanto del escándalo.

Por otro lado, el PS apoya parte de sus votos en la alianza con el Partido Verde, que necesita de un partido populoso para mantener sus escaños. Sin embargo, el socialismo promueve la industria nuclear, responsable del 75% de la generación eléctrica de Francia. Esta cercanía puso en crisis la coalición con los verdes, que se convirtieron en la única fuerza ecológica del mundo que apoya a la energía nuclear. El lobby de la poderosa empresa nuclear Areva es tan fuerte que el PS manifestó su disposición a mantener hasta 2017 la fabricación de MOX, el combustible de dióxido de plutonio y uranio que usa la central de Fukushima. La escasa diferencia de fondo entre la llamada “izquierda blanda” y los conservadores se produce claramente en Francia y en varios países de Europa. Para volver a ser creíble y diferenciarse de la derecha, la socialdemocracia europea deberá retomar la regulación del libre cambio, rediseñar una política fiscal para detener el desmantelamiento del estado de bienestar, promover la competitividad y no basar la producción industrial en la mano de obra barata.
A pocos meses de las elecciones, es difícil que Hollande aporte nuevas ideas, aunque su programa levemente diferente del de Sarkozy le quite un gran caudal de votos.

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