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actualizado 27 de junio 2012
Reconectar con la vida
Los chats, las redes sociales y los emails se multiplican mientras la comunicación tradicional se deteriora
Por Irene Casado Sánchez
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El desarrollo y difusión de los dispositivos móviles que permiten chatear, mandar e-mails y navegar por la red sin límites han transformado las relaciones personales y culturales. Su presencia se multiplica y se afianza la necesidad de estar conectados.

Mientras vamos en el metro, caminamos, tomamos un café, en las clases, en los restaurantes, incluso en el baño nos acompaña nuestro móvil. Se ha convertido en una herramienta “indispensable” para miles de personas. Muchos han desarrollado adicciones a estas nuevas aplicaciones, creadas para mejorar y satisfacer nuestras necesidades. El Whatsapp, el chat por Blackberry, Skype o Facebook son algunos de estos programas que nos permiten estar en contacto de manera permanente.

La instantaneidad provoca algunas de estas adicciones. Mirar a cada instante el celular en busca de novedades se ha convertido en una especie de tic. Cuando no obtienen una respuesta inmediata a su último mensaje, muchas personas manifiestan cierto nerviosismo, “una conducta poco libre, llena de necesidad y ansiedad”, en palabras de la psicóloga Isabel Larraburu.

La adicción a estos dispositivos provoca trastornos de atención, ansiedad, irritabilidad, aceleración o intolerancia a la espera. Los usuarios no soportan estar “incomunicados”. Se encuentran aislados e incompletos sin su Iphone o Blackberry. La nomofobia, como se denomina al miedo a salir a la calle sin celular, afecta al 53% de los usuarios de telefonía portátil.

Los chats, las redes sociales y los emails se multiplican mientras la comunicación tradicional se deteriora. No sólo los mensajes instantáneos suplantan a las conversaciones presenciales. Además, cuando éstas se producen, muchas personas las interrumpen para atender sus conversaciones virtuales. Así convierten sus aparatos en una droga de respuesta inmediata.

“Mucha gente cree que tener información sobre una persona la convierte en su amigo íntimo”, explica Larraburu. Se crean rutinas aprendidas en las que el premio es la respuesta instantánea a los mensajes. Cuando la respuesta tarda más de lo habitual surgen las preocupaciones. Aparecen mecanismos biológicos y cognitivos semejantes a los de las adicciones.

El exceso de información, de datos, de detalles, de control sobre el otro es el resultado de una estrategia empresarial. Los programadores son conscientes de la dependencia que puede crear la necesidad de obtener feedback.

“Los diseñadores saben que tienen que informar puntualmente al usuario una vez que este ha entrado en un proceso de cualquier naturaleza, desde comprar hasta enviar un mensaje”, explica Clifford Nass, profesor en Stanford. El exceso de rapidez ha acabado con la paciencia de los usuarios. Ya no esperamos que los acontecimientos sigan su curso natural. Necesitamos ser testigos del proceso.

La mensajería instantánea no es la única herramienta que mantiene a los usuarios enganchados al celular. Cientos de programas proliferan cada día: mapas, callejeros, traductores, diccionarios, buscadores de viajes e incluso contadores de calorías. Todos ellos creados “para hacer nuestra vida más fácil”. Sin embargo, consiguen aislarnos del mundo y crearnos necesidades que antes no teníamos.

Estar siempre disponible en el mundo virtual tiene consecuencias. Con las tecnologías, tratamos de suplir carencias que se acentúan. El sentido de la orientación desaparece gracias a herramientas como Google Maps; la memoria pierde importancia ante la proliferación de alarmas y calendarios. Es tal la adicción a la tecnología que “está evolucionando en una forma de vida que pretende entender mejor a las personas de lo que ellas se entienden a sí mismas”, en palabras de Jaron Lainer, autor del libro Contra el rebaño digital.

Olvidamos que la tecnología no puede sustituir las capacidades del hombre y que se trata de simples herramientas para facilitar la vida. Hacen falta límites para impedir que el mundo virtual marque el ritmo de nuestras necesidades y nuestras relaciones. Hay que aprender a desconectar de la vorágine de información para conectar con el mundo real, sin interrupciones ni mensajes instantáneos.

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