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actualizado 15 de mayo 2012
Compartir para caminar juntos
Quien tiene la información tiene el poder
Por José Carlos García Fajardo
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Uno de los hechos más revolucionarios del siglo XVII fue la proliferación de folletos políticos en inglés que circularon entre el pueblo. A quienes no sabían leer se los leían en tabernas, puentes y plazas. La Biblioteca británica conserva más de 20.000.

Desde entonces, ya no se legisla con visión trascendente alguna, sino con el punto de mira puesto en los titulares de la soberanía, los ciudadanos. El desarrollo de los medios de comunicación hace mucho que superó el ámbito de la prensa escrita. Aquella galaxia de Gutenberg precisaba de otros medios para la comunicación de los mensajes que alcanzaran directamente a la población sin que ésta tuviera que estar alfabetizada. Y más adelante, con el invento del transistor, sin necesidad de estar en su casa conectado a una red. Se superarían así los límites de espacio y de tiempo, la servidumbre de las tiradas de la prensa y aún la de los horarios para informativos. Todo es expandiría de manera imparable en la aldea global estudiada por McLuhan.

En plena Convención francesa, Rouget de Lisle entrega a Dantón la letra de La marsellesa que éste distribuye para que pase de mano en mano y de boca en oreja sin limitaciones culturales. Se cantaba y transformaba tanto al que lo hacía como a quienes escuchaban.

La invención del telégrafo en 1844 inició la revolución electrónica con una transformación de la cultura, valores y actitudes jamás soñada. El proceso alcanzó su paroxismo el 24 de noviembre de 1963 cuando más de doscientos millones de personas, separadas entre sí por millares de kilómetros, se convirtieron en testigos oculares de un crimen. El asesinato de Lee Harvey Oswald fue retransmitido en directo implicando a millones de seres anónimos. Personas analfabetas y que jamás habían recorrido más allá de unos kilómetros, pudieron viajar con la televisión infinitamente más de lo que hicieron sus antepasados.
Las nuevas técnicas amenazan con desbordar los saberes científicos de las personas que trepidan en la brusca aceleración de la historia. Vivimos inmersos en un mundo cuyo sentido se nos escapa y en una dinámica cuyo control es insoslayable. Cuando liberó la energía, ésta se convirtió en poder y fue preciso conocer sus leyes para servirse de ella.

Después de la larga noche medieval los saberes del Renacimiento se enriquecieron nutriéndose en el mundo antiguo, porque osaron saber. Sapere audiam, fue la consigna. Más bullen griegos que cristianos, exclama Erasmo y, en las ciudades donde los burgueses toman el relevo en los controles, la economía se transforma y la sociedad se conmociona. Ante sus ojos atónitos se alza un quehacer inmenso.

Desde siempre hemos considerado la evolución del pensamiento sociopolítico atendiendo a las creencias que informaban las instituciones y a las presiones económicas. Las artes, las ciencias y el derecho se insertaban en entramados de filosofía y metafísica, bajo la férula de ideologías dominantes. Se trataba de mantener unos órdenes de convivencia que se les antojaban perfectos. Se mantenía el orden y la obediencia a los poderes constituidos porque el cielo lo había querido así. El temor al castigo ocupó el puesto de la justicia y así se organizó un orden por sumisión, donde impera el absolutismo monárquico, un orden por concurrencia, en el que la democracia sigue a las revoluciones universalistas, un orden por comunión que busca afirmar características propias de determinados pueblos en una actitud contrarrevolucionaria y un orden por solidaridad que llega a rozar en tal modo la utopía que sólo ha sido posible mantener por la fuerza.

En nuestro tiempo, se ha desarrollado un nuevo orden mundial de la información y de la comunicación consciente de que quien tiene la información tiene el poder y de que, en los grandes procesos evolutivos, sólo sobreviven las especies mejor informadas. El ignorante ya no es libre, decía Hegel. El medio no sólo se ha convertido en mensaje sino que, con palabras de McLuhan, lo aceptamos y hasta necesitamos como masaje, sin el cual nos sentiríamos perdidos, desorientados, sin puntos de referencia y sin criterios para alcanzar un cierto grado de control sobre nosotros mismos. No sabemos adonde nos conducirá esta tremenda trepidación de los pilares de una historia cuyo sujeto siempre es el ser humano. Mientras tanto, padecemos la más grande deshumanización, desarraigo y, lo que es peor, la renuncia del ser humano en busca de un sentido, no ya para la vida, sino para vivir aquí y ahora en solidaridad con los demás seres; conscientes de que ya nadie puede ser extraño para nadie, ni nada nos puede ser ajeno. O compartimos, nos acogemos, nos respetamos y caminamos juntos, o la nave sin control se desintegrará incapaz de soportar tanto sufrimiento de millones de personas desesperadas.

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