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actualizado 3 de mayo 2012
El barómetro de la soledad
Si ahora estás emocionadísimo por conocer a la mujer de tu vida que conociste por Internet, yo me lo pensaría dos veces
Por Rodrigo Solís
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Cuando "Internet" era una palabra nueva en nuestro vocabulario, P y yo, además de pasar interminables horas frente al monitor de la computadora en espera de que bajara la fotografía en que Amy Jo Johnson (la Power Ranger rosa) aparecía desnuda más allá de los hombros (evento que nunca sucedió, pues mamá o la mamá de P siempre necesitaban hablar por teléfono y cortaban la conexión justo en el momento en que veríamos rota la inocencia de la actriz), también invertíamos nuestro tiempo en culturizarnos, es decir, aprendiendo insultos de otras latitudes de América. Esto era posible gracias al chat, una herramienta de intercambio cultural invaluable que en dos minutos te hacía descubrir que en Argentina “la concha de tu madre” no significa “el pan dulce de tu mamá”. Y tal como se puede apreciar en la actualidad, las cosas no han cambiado mucho desde aquellos remotos tiempos, los foros para conocer personas aún siguen sirviendo para lo que en teoría fueron creados: mentarle la madre a los argentinos y/o sacar a la mujer que todos llevamos dentro.

Nuestra mujer interior no fue la clásica rubia despampanante, sino una chica de barrio aspirante a modelo, larguirucha y de facciones finas. Unas veces se hacía llamar Vane, en otras ocasiones Paty, pero por lo general decía ser Kathy. Nunca utilizábamos nickname; poner los nombres de pila arriba mencionados facilitaba más las cosas. En cuestión de segundos teníamos a decenas de interesados, lo que provocó que aprendiéramos lo que no pudo enseñarnos la maestra de mecanografía en la escuela: escribir sin ver el teclado y a la misma velocidad que una secretaria titulada.

En las charlas nuestros galanes siempre mostraban gran interés por nuestra nacionalidad (siempre éramos argentinas) y nuestro apellido (siempre era el de un ex seleccionado argentino: Olarticoechea, Burruchaga, Ruggeri, Borghi, etcétera); eso facilitaba el trámite porque decíamos ser sobrina lejana del futbolista en cuestión y el interesado babeaba en el teclado de su computadora al creer haber encontrado a la mujer perfecta: guapa y amante del fútbol. Para evitar sospechas decíamos no ser modelos profesionales sino aspirante a modelos, llevábamos viviendo en México algunos años (así teníamos justificado utilizar el tú en vez del vos) y trabajábamos de edecanes para poder pagar las clases en el CEA, escuela de actuación de Televisa. Como era de esperarse, todos pedían pruebas. Sin embargo, en aquellos días anteriores al Facebook o Myspace e incluso a las cámaras digitales, no era tan fácil obtener la fotografía de una desconocida guapa, así que les dábamos largas a nuestros galanes hasta que empezaban a sospechar que en realidad a quien estaban cortejando era a un hombre (o dos hombres, como era nuestro caso).

Eventualmente perfeccionamos nuestra estrategia: escaneamos de mi anuario escolar la fotografía de mi amor platónico y voilá. El primer incauto no tardó en llegar. Fue un peruano que a los pocos días nos llenó la bandeja del correo electrónico (creado ex profeso para nuestros novios virtuales) con poemas y todo tipo de declaraciones amorosas. Un buen día nos mandó su fotografía, que resultó ser tan horrenda como sus poemas, y dijo querer viajar a México para conocer a Kathy, y luego quién sabe, tal vez incluso llegar hasta el altar. Entonces P tuvo una idea: decirle a todos nuestros novios de Latinoamérica que nos viéramos el mismo día y a la misma hora en Cancún (lugar donde Kathy estaría modelando y a donde iríamos con cámara en mano a registrar el bello momento en el aeropuerto); así serían varios los timados en vez de sólo uno. La teoría de P era que el dolor no sería tanto porque se repartiría entre toda la comitiva de pobres diablos. Por desgracia nunca llevamos a cabo nuestro plan. Kathy resultó ser una chica de nobles sentimientos después de todo. A lo más que llegó su maldad fue a improvisar una página de Internet y subir todas las fotografías y poemas de sus novios y luego mandarles por e-mail la dirección de la página para que abrieran los ojos y se concentraran en cortejar a mujeres de su ciudad, de preferencia de carne y hueso.

-Si lo piensas un poco, lo que hicimos fue una buena obra –dijo P tocándose el pecho con una mano cual libertador de país sudamericano-. No mentiré diciendo que nuestros motivos no eran perversos, pero al final del día… creo que beneficiamos a esos idiotas.

Hoy día, ya adultos, P y yo decidimos recordar viejos tiempos y revivir a Kathy, pero con fines más nobles, es decir, con fines científicos. Era imposible no hacerlo. Los avances de la tecnología nos dejaron la mesa puesta y me aventuro en afirmar que en Internet, después de las páginas pornográficas, le siguen en número y en audiencia los foros para encontrar a tu media naranja. Elegimos un sitio que se llama sexymetro. Google nos abasteció de una incontable cantidad de fotografías de mujeres guapas pero no tan guapas para que el margen de credibilidad fuera elevado. Escogimos a la mujer con el busto más pronunciado y le creamos un perfil (esta vez Kathy fue campechana). Dos horas después una carretada de posibles novios nos inundaron de mensajes que exigían conocernos. Por unanimidad seleccionamos al sujeto con cara de más desesperado (al que de ahora en adelante llamaré Señor X), que además incluía su número de celular en el mensaje.

En un arrebato etílico de fin de semana, Kathy llamó al celular del Señor X, y el resto se dio solito como en toda bonita historia de amor verdadero. Al Señor X le fue suficiente aquella llamada telefónica con Kathy para enamorarse. Amor a primera llamada. Una llamada que en realidad tan sólo duró 5 segundos porque P al intentar impostar su mejor voz de mujer explotó en una carcajada y colgó. Como era de esperarse, así es el amor, en el transcurso de esa misma tarde llegaron ocho llamadas a mi celular, naturalmente no atendí ni una sola. Sin embargo, no contamos con un pequeño detalle: el Señor X era un enamorado persistente. Durante una semana completa llamó en promedio 30 veces al día, muy a pesar de que Kathy le dijo mediante un mensaje de texto que no podía contestar debido a su carácter huraño y poco sociable con desconocidos, a lo que el Señor X respondió el siguiente mensaje de texto:
Averiguare dnde vives tngo amigos en Telcel ellos me diran la direcion d tu ksa con darles tu # de cel pd t extraño bb bsos =).

Kathy, aunque ahora teme por su vida, acepta con buena cara las consecuencias que podrían llegar. Gajes del oficio. La mayoría pensará que esto fue una maldad, pero no lo es: en realidad se trata de un simple ejercicio para demostrar cuan solitarias e ingenuas se han convertido las personas que viven su vida detrás de un monitor navegando en Internet.

P.D. Si ahora estás emocionadísimo haciendo las maletas para conocer en vivo y a todo color a la mujer de tu vida que conociste por Internet, yo me lo pensaría dos veces.

a) Puede ser una broma (en caso de que tu chica se llame Kathy).
b) Puedes amanecer descuartizado en la nevera (en caso de que tu chica en realidad sea un psicópata).

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