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actualizado 14 de Sept. 2011
El circo sin Dios, sin pudor y sin moderación de la Convención Demócrata
De lo que nadie que siga la política norteamericana puede tener dudas es de que las elecciones del 6 de noviembre arrojaran resultados muy apretados
Por Alfredo M. Cepero
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Me había hecho el propósito de evitar las sesiones de la reciente convención del Partido Demócrata en Charlotte, Carolina del Norte, porque no quería seguir escuchando las mentiras, las manipulaciones de las estadísticas y las insidias que han caracterizado la campaña de reelección de Barack Obama. Pero pudo mas mi sentido del deber de estar informado para poder opinar con argumentos y datos basados en la realidad aterradora que confronta este país en estos momentos. Esa es la que considero la forma más indicada de llevar a cabo mi misión de contribuir, aunque sea en forma limitada, a poner fin a la pesadilla que ha desatado sobre los Estados Unidos este ideólogo incurable y fanático. Fue así como me refugié en mi habitación y me tome el purgante de la convención.

Y efectivamente, la larga lista de voceros de la izquierda tremendista y procaz no me defraudó. Repitieron hasta la saciedad las mismas consignas que ha estado utilizando desde hace más de un año un presidente que no tiene tiempo para gobernar porque se dedica a hacer campaña a tiempo completo. Todo ello, con el objetivo de mantener a costa de los contribuyentes su privilegiado estilo de vida. El mismo estilo de vida que él critica en quienes lo han logrado con su propio capital, generado a base de esfuerzo, imaginación y riesgo.

Confieso, sin embargo, que lo que sí no me esperaba fue la decisión inaudita y suicida de expulsar a Dios y borrar a Jerusalén del texto de la plataforma oficial del partido. La expulsión de Dios fue echar sal sobre la herida de un Obamacare que obliga a las iglesias a financiar el aborto en contra de sus más profundas convicciones y acendrados principios. Sobre todo con la secuela de poner en peligro el apoyo de los católicos que votaron en forma mayoritaria por Obama en el 2008.

Por otra parte, aunque los judíos seguirán fieles a la agenda de izquierda del Partido Demócrata y votando por sus candidatos, el olvido de Jerusalén podría restarle votos de una minoría que Obama necesita desesperadamente para ganar la Florida. Y si pierde la Florida puede decirle adiós a la Casa Blanca. Por eso esta redacción de la plataforma tiene que tener una explicación ideológica, más que lógica. Por eso Obama dio la orden de una marcha atrás que puso en ridículo al Presidente de la convención Antonio Villaraigosa, demostró la intimidación de Obama por la izquierda del partido y mostró a unos convencionistas maldiciendo el nombre de Dios como una banda de bolcheviques fanáticos. ¡Qué horrendo espectáculo en un país fundado sobre la base de que las libertades y bendiciones de sus ciudadanos tiene su origen en la providencia divina!

Esta plataforma es un testimonio irrefutable del secuestro del Partido Demócrata por la izquierda radical y virulenta. Ni siquiera los padres fundadores de esa izquierda como George McGovern, Walter Mondale y Michael Dukakis se habrían atrevido a negar a Dios y a enemistarse con los cabilderos y donantes judíos. Pero, independiente de las consecuencias potencialmente nefastas, la izquierda de Obama no se cansa de seguir girando y girando hacia la izquierda. Ese fue el tema y el mensaje de todos los oradores que participaron en la convención. Convencidos de que el Mesías ha perdido su halo, nadie extendió una rama de olivo a los indecisos. Se olvidaron de los independientes y se concentraron en motivar a la base para que acuda a las urnas el 6 de noviembre. Y esa es una buena noticia para Romney y los republicanos porque, como todos sabemos, las elecciones se van a decidir en el centro.

Ya hemos hablado de la ausencia de Dios y de la falta de moderación. Pasemos ahora revista a las mentiras e insidias que fueron emitidas sin el menor pudor por muchos de los oradores. Pero, como el espacio es breve y la convención fue larga, veamos solo unos ejemplos ilustrativos de lo que decimos.

Michelle Obama pronunció un discurso emotivo y bien articulado que, sin embargo, anduvo en las fronteras del ridículo. Como para establecer contraste con el magnate insensible de Romney, Michelle evocó sus tiempos de romance y pobreza con Obama. Para ello, hizo referencia a un automóvil destartalado en que la recogía Barack cuando eran novios y desde el que podía ver el pavimento a través de la puerta del pasajero. Esta es la misma Michelle que, como primera dama, tiene un personal de dos docenas de asistentes, duplica viajes del Airforce One cuando su itinerario no coincide con el del marido y viaja a España con un séquito y mas lujos que ya quisieran la reina Isabel o la Reina Sofía.

Caroline Kennedy declaró su solidaridad con las mujeres que desean hacerse un aborto o utilizar anticonceptivos. Y ese es su derecho bajo la primera enmienda. Lo que fue no solo una bajeza sino una infamia es que, acto seguido, dijera que lo hacía desde la perspectiva de su fe católica. Con estas declaraciones, Caroline demuestra que, como sus antecesores en el clan Kennedy, es una católica de vidriera y de conveniencia. Que es la nieta de un Joseph que se hizo millonario contrabandeando licores, de un padre que utilizó la Casa Blanca como su burdel particular y de un tío que dejo ahogarse a una mujer para salvar su carrera política.

Bill Clinton, en opinión de la mayoría de los analistas, fue el mejor orador de la convención. No en balde Barack Obama mostró inseguridad y ambivalencia cuando salió a abrazarlo después de terminado el discurso. En su pasaje más convincente dijo: "Ningún presidente, ni yo ni ninguno de mis predecesores, habría estado en condiciones de reparar en cuatro años todo el desastre encontrado por Barack Obama". Soberana mentira de un hombre que, durante las primarias de Obama contra Hillary en el 2008, dijo que el plan económico de Obama era un cuento de caminos y que la campaña política de éste último lo había acusado de racista. Ahora dice que los republicanos tienen el plan equivocado y que todo es cuestión de aritmética. Y en la parte más emotiva de su arenga, pidió a los norteamericanos que le den a Obama otros cuatro años para tratar de arreglar una crisis que complicó aún más con su agenda de izquierda en sus primeros cuatro años de gobierno.

Pero, en eso de mentir, es un hecho evidente que Bill Clinton es un profesional consumado. Este es el mismo Bill Clinton que, haciendo referencia a Monika Lewinski, miró a la cámara con expresión imperturbable y dijo: "Yo nunca he tenido sexo con esa mujer". El mismo Bill Clinton que mintió ante un gran jurado sobre su asalto sexual a Paula Jones. El mismo Bill Clinton que violó a Juanita Broderick y a otras mujeres que optaron por el silencio por temor a ser trituradas por la prensa cómplice y complaciente que encubre u opta por ignorar las fechorías y deslices de los políticos demócratas. El mismo Bill Clinton que, en justo castigo a su delito de perjurio, fue despojado de su licencia para ejercer como abogado en Arkansas, el mismo estado del cual fue gobernador.

Pero, aun cuando esto se prolongue, tengo que hacer referencia a la falacia de la aritmética esgrimida por Clinton en defensa de Obama. Más allá de la retórica de campaña, los promotores de la candidatura de Obama no pueden negar estos hechos: 23 millones de norteamericanos sin trabajo, 47 millones recibiendo beneficios de bienestar social, 43 meses consecutivos de niveles de desempleo por encima del 8 por ciento, 16 millones de millones de dólares de deuda nacional (50,000 dólares por cada norteamericano vivo) y un aumento de $1.80 por galón de gasolina en el 2008 y a $3.85 en el momento en que escribo este artículo.

Barack Obama cerró la caravana con un discurso que hasta sus propios apologistas calificaron como carente de su carisma característico. Una cosa es prometer esperanza y cambio desde la perspectiva de un candidato sin antecedentes en un cargo ejecutivo. Otra muy distinta pedir que la gente deposite esperanzas en un hombre que faltó a sus promesas y realizó cambios que rechaza una mayoría de los ciudadanos, como un ominoso Obamacare que ni siquiera Obama se atreve a mencionar con frecuencia.

En su prolongada catilinaria, Obama habló en generalidades a pesar de las promesas de sus gestores de campaña de que hablaría sobre temas específicos. Insistió en sus planes de energía verde, manipuló las cifras de producción de petróleo, rindió tributo a los militares a pesar de haber reducido en 487,000 millones de dólares el presupuesto del Pentágono en los próximos diez años, prometió poner en vigor el plan económico de Simpson-Bowles a pesar de haberlo engavetado sin siquiera discutirlo, expresó apoyo a Israel a pesar de su política antagónica hacia el estado judío y de su manifiesto desprecio a su Primer Ministro, se quejó del tesoro de campaña de Romney a pesar de los millones que la campaña demócrata ha gastado de demonizarlo.

En un intento por mantener el apoyo de la juventud se refirió a los beneficios financieros otorgados recientemente a los estudiantes universitarios. Los mismos jóvenes que en el 2008 le dieron 7 millones de votos más que a su rival el senador McCaine y que constituyeron el 80 por ciento del margen de 9 millones por el que ganó la presidencia. Resulta, sin embargo, dudoso que los recién graduados universitarios que se han mudado con sus padres porque sufren una tasa de desempleo del 50 por ciento concurran a las urnas con el mismo entusiasmo del 2008.

Como era de esperar, Obama insistió en su ritornelo de que todos los ciudadanos tienen derecho a una misma oportunidad, todos deben de contribuir en una forma proporcional a su riqueza y todos deben de estar sometidos a las mismas normas. Una formula velada de decir que los de abajo tienen que ser elevados con fondos extraídos de los de arriba dentro de un contexto administrado en forma totalitaria por el estado benefactor. Redistribución de riqueza pura y simple que convierte en dependientes a los holgazanes, resta estímulo a los productores y consolida al gobierno como árbitro de la vida de los ciudadanos en todos sus ámbitos. Cualquier parecido con la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Cuba de Castro o la Venezuela de Chávez no es pura coincidencia sino verdad demostrada y absoluta por estos cuatro nefastos años de la presidencia de Obama.

De lo que nadie que siga la política norteamericana puede tener dudas es de que las elecciones del 6 de noviembre arrojaran resultados muy apretados. Los tres debates presidenciales y el debate vice presidencial que comenzarán el próximo tres de octubre serán cruciales en lo relativo a inclinar a los pocos indecisos que aún quedan por uno u otro candidato. Ese debe ser el objetivo de Romney. Con su extremismo de izquierda, la convención demócrata le ha dejado la puerta abierta. Romney tienen que entrar por ella con la misma energía que mostro en las primarias republicanas y cerrarla en la cara de Barack Obama antes de que el predestinado destruya la esencia y la naturaleza de la sociedad americana.

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