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actualizado 19 de Sept. 2011
El Evangelio
No podemos lavarnos como Pilatos
Por Alfredo Hernández Sacristán
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En esta época de descreimiento, producto de la autosuficiencia. De ridiculización de lo bueno, de la verdad. De chistes blasfemos. De “ocurrencias” de ciertos personajes (más bien personajillos) que se disfrazan de el Papa, del que sea. No se dan cuenta, su talla intelectual se lo impide, y la falta de caridad de los que les contemplan también, para de decirles que están haciendo bufonadas.

Y Cristo nos sigue mirando, perdonando. Pide poco para hacerlo; sólo quiere nuestra buena disposición para cambiar de conducta. Sabe que habitualmente volveremos a tropezar y a caer siempre o casi siempre en lo mismo. Él sigue esperando y alegrándose cuando nos ve a lo lejos e” intuye “que queremos acercarnos. Se acerca, nos abraza, nos limpia, y nos enriquece llamándonos hijos. De la familia de Dios, del Dios, que se hace hombre.

Este hombre-Dios, llora ante la tumba de su amigo Lázaro. Imagina que continúa haciéndolo, como lloró a la vista de Jerusalén y lo hace ante el comportamiento humano, tantas veces deshumanizado, canallesco y especulador que se enriquece a costa de la pobreza de muchos, mientras acumula bienes y más bienes para varias generaciones. Llora ante la explotación de los más pequeños, apenas adolescentes, que abren los ojos casi al comienzo de la vida y esta les muestra su cara más animalizada, la más animalizada del hombre que pierde su categoría de tal cuando su comportamiento vergonzoso es el del animal más abyecto.

Pero el mundo sigue dando vueltas, más que vueltas, tumbos, y en su tambaleo arrastra a sus simas a pueblos que no han visto, ni por asomo, no han podido imaginar los adelantos de la humanidad y sus logros. No lo han contemplado y puede que sean felices en su indigencia y en sus muertes prematuras, porque piensan que es lo normal. Es su vida. No han sido fagocitados por la sociedad de consumo.

Pienso que Dios llora anta la impasibilidad de una sociedad opulenta que incluso carece de pudor al mostrar su opulencia y su insaciable afán de enriquecimiento. Con cuanta dureza vamos a ser tratados por los bienes que sólo han servido para almacenarlos y acrecentarlos.

Comencé la carta pensando en la cantidad de refranes universales que tienen su origen en frases y dichos de Los Evangelios; algo que nos mostrará al leerlo ver que hasta en la apreciación aparentemente menos trascendente, siempre es actual y que leyéndolos y pensando lo que leemos puede cambiar nuestra vida.

No podemos lavarnos como Pilatos. O…el que está libre de pecado…

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