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actualizado 16 de Agosto 2013
El corsé emocional
Nada reemplaza la charla confidencial con los padres de famili
Por Marc-Thomas Bock
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Un estudio reciente de la Unesco sobre el ánimo de los jóvenes a nivel mundial comprobó estadísticamente lo que los pedagogos han venido suponiendo: que el sentimiento básico de felicidad en los niños y en los jóvenes no tiene su causa primordial en el origen social o en la situación económica familiar.

No importa si se es pobre o rico, asiático o latinoamericano, niña o niño, la actitud positiva hacia la vida depende más bien de la calidad de la relación emocional con los padres. En este contexto es importante que los padres de familia otorguen a sus hijos espacios libres para que ellos configuren sus vidas y desarrollen de forma autónoma su carácter.

La sobreprotección parental se ha convertido en una característica de la educación moderna. Frecuentemente los padres de familia de clase media, o de clases más pobres pero enfocadas en el ascenso social, ya sea en Alemania, Israel, Nicaragua o Rusia, tienden a convertirse en acompañantes de sus hijos, o hasta en sus controladores mentales.

Este proceso ya hace una década fue determinado como un mal manejo emocional, por la científica norteamericana Wendy Mogel. Para evitar la mayor cantidad posible de supuestos peligros o molestias, los padres giran como helicópteros sobre la vida de sus hijos. Nada se deja a la casualidad, pues ni el menor riesgo debe interrumpir el supuesto bienestar de los niños.

La supervisión parental requiere una organización perfecta de toda la familia para que el niño pueda atender las clases de equitación, piano, futbol… esto, con el tiempo conlleva una sobrecarga de toda la familia, conocida como outsourcing emocional.

A veces se añade la supervisión de la empleada doméstica quien de forma involuntaria pero muy efectivamente aumenta la sobreprotección emocional de los niños. Muchos padres de familia tratan de demostrarle a su hijo el amor que sienten por él, reaccionando ante cualquier fluctuación emocional que este exprese. Lo que logran, sin embargo, es crear una dependencia inhibidora: el corsé emocional.

Los padres que se quedan en el trasfondo observando al niño durante sus clases de taek-won-do o de violín, no solamente molestan al profesor, sino también de forma indirecta al propio hijo.

El espacio emocional libre del niño se encuentra limitado y la obsesión por satisfacer a los padres aumenta. En casos extremos, los padres de familia acompañan al hijo a una entrevista personal en la universidad, o intervienen cuando el hijo no sabe qué hacer. Papá y mamá tratan de ayudarle al momento de tomar una decisión, o simplemente deciden por él.

El estudio de la Unesco determina que, paradójicamente, los padres de niños latentemente infelices, son felices ellos mismos. La idea de que al hijo se le ha mostrado todo el amor parental, por medio de una atención incesante a sus estados de ánimo momentáneos, causa cierta satisfacción en los padres. Sin embargo, la fijación emocional resultante del hijo, hacia su evaluación por parte de sus padres, no le resulta a este de ninguna ayuda.

Nada reemplaza la charla confidencial con los padres de familia; nada puede ayudar tanto, como la honesta transmisión de valores y el reforzamiento de la autoconfianza por parte de los padres de familia. Por tanto es más útil crear diariamente un espacio para charlar que buscar actividades externas.

Por otra parte los hijos aman a sus padres. Este amor es un automatismo natural que papá o mamá no deberían interrumpir con su outsourcing emocional, o con su proteccionismo nervioso hasta avanzadas horas de la noche.

Los hijos recuerdan con agradecimiento a sus padres, si estos consagraron tiempo a compartir, charlar y ayudar, pero no a supervisar.

El autor es director del Colegio Alemán Nicaragüense

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