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actualizado 10 de enero 2013
La revolución silenciosa de China
China modificó los términos de intercambio de la economía mundial
Por Douglas Salamanca
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Para nadie es un secreto que China se ha convertido actualmente en la locomotora de la economía mundial. Se ha comentado ampliamente sobre sus altas tasas de crecimiento anual, sus cuantiosas reservas de divisas internacionales (tres billones de dólares), sus inversiones en el exterior, sus compras de empresas en los Estados Unidos, etc. Otros aspectos asombrosos de China se refieren a sus avances tecnológicos, como la existencia en ese país oriental de un restaurante atendido por robots.

También se ha escrito mucho sobre la avidez de las empresas occidentales por instalar sucursales en China, en parte para aprovechar su mano de obra barata y en parte para aprovechar la demanda de bienes y servicios existente en ese gigantesco mercado compuesto de 1500 millones de consumidores, que disponen cada vez de mayor poder adquisitivo.

Todos esos datos son importantes, pero son secundarios. Lo principal de todo esto no ha sido dicho hasta ahora, y es que la emergencia de China, como potencia económica, a nivel internacional, es el fenómeno más importante ocurrido en la economía mundial desde la época de la Revolución Industrial. Gracias a su sistema político, calificado como “capitalismo de Estado”, China continental logró generar altas tasas de ahorro interno, exportando productos manufacturados elaborados a bajo costo, por trabajadores mal remunerados, que generaban mucha plusvalía. Esto permitió a China lograr la “acumulación originaria” de capital, la cual la se encuentra en la base de su acelerado desarrollo. Esto se produjo bajo la orientación de Deng Xiao Ping, a quien se puede considerar el artífice del milagro chino, al introducir cambios sustanciales al modelo económico de socialismo ortodoxo heredado de Mao Zedong. Mientras Mao era xenófobo, y fomentaba el aislamiento, Xiao Ping impulsó un programa de “Reforma y apertura”. Sin las exportaciones de manufacturas baratas al mercado exterior, China jamás podría haber salido adelante, ni dejar atrás el subdesarrollo.

Pero la gran diferencia entre China y los llamados “tigres asiáticos”, es que China, por su enorme tamaño, produjo un impacto profundo en el resto de las economías tercermundistas o subdesarrolladas, que pasaron a convertirse de la noche a la mañana en “economías emergentes” gracias a que su desarrollo se vio estimulado por la demanda china de los bienes que ellos producían. Ese fenómeno, protagonizado por China, tiene también a otros actores relevantes que fueron los otros BRICS ( Rusia, Brasil, la India y Sudáfrica).

Es decir, que la irrupción de China, como comprador de productos diversos en el mercado mundial, especialmente minerales, materias primas y alimentos, permitió romper el “círculo de hierro” que condenaba a los países pobres a mantenerse sumidos para siempre, y de manera inexorable, en el atraso, debido a la existencia de “términos de intercambio” que les eran adversos. El capital acumulado por China, abasteciendo al mundo de productos baratos de la industria ligera, le permitió dar “un salto cualitativo”, al transformar el funcionamiento de su propia economía, transformando de paso la economía internacional, creando así oportunidades de desarrollo para los países pobres que se creyeron inalcanzables durante el curso de varios siglos.

El hecho es digno de replantearse: China modificó los términos de intercambio de la economía mundial, permitiendo un nuevo respiro a los países pobres y atrasados, que hasta entonces no tenían la menor oportunidad de salir adelante, atrapados en un inescapable círculo vicioso, exportando bienes baratos e importando productos caros desde los países industrializados.

Resulta interesante constatar que esta revolución transcurre de la manera más silenciosa y casi secreta. Esto se debe a las tres razones siguientes: 1) el bajo perfil que China ha optado por adoptar en el contexto de la geopolítica mundial, minimizando, antes que cacareando, sus éxitos, y adoptando un discurso humilde y discreto sobre sus realizaciones. 2) el deliberado ocultamiento, subestimación o deformación deliberada del fenómeno por los medios de los países ricos, a los cuales esta situación les resulta absolutamente inconveniente y desagradable, al despojarlos de sus anteriores prerrogativas y privilegios. 3) la incapacidad de los medios de prensa de los países pobres para comprender la trascendencia y el alcance de esta radical transformación. (Telesur, por ejemplo, ignora por completo este hecho, a pesar de que debería saberlo. Como consecuencia, sus análisis económicos y financieros del panorama económico internacional resultan siempre no sólo superficiales, sino también falseados o distorsionados).

En el fondo, puedo decirse que la Revolución Silenciosa de China es la consecuencia más importante generada en el mundo de hoy por la revolución teórica de Marx, ocurrida a mediados del siglo XIX. Es decir que aquellas subversivas ideas sobre la sociedad del futuro, esbozadas en el “Manifiesto Comunista”, (y combatidas visceralmente por el célebre filósofo anti-marxista Karl Popper en su libro “La sociedad abierta y sus enemigos”), tras un azaroso y tortuoso recorrido, lograron finalmente germinar en nuestros días, de manera positiva, teniendo como un corolario imprevisto una radical alteración en la llamada “Distribución internacional del trabajo”. Esa circunstancia, combinada con la globalización, está transformando para siempre la faz de la economía planetaria, a través de un proceso cuya verdadera naturaleza hasta ahora, al parecer, ha pasado inadvertida.

Resulta, no obstante, absolutamente indispensable comprender este fenómeno, a fin de extraer del mismo las lecciones que se requieren para aplicarlas en nuestra comprensión de los procesos que hoy en día gobiernan el destino de la humanidad.

El autor es periodista, traductor y economista.

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