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actualizado 7 de febrero 2013
Comunicar más allá de la superficie
Es la parte de nuestro yo más inaccesible donde se almacenan experiencias reprimidas de nuestra primera infancia
Por José María Jiménez Ruiz
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Un alto número de parejas que acuden a los despachos de orientación familiar lo hacen en demanda de ayuda para solucionar los problemas de lo que ellos diagnostican como “incomunicación”. No es infrecuente escuchar a uno de los cónyuges la queja de que, siendo su compañero una persona de trato fácil en su entorno laboral o en sus círculos sociales, se transforma en un individuo reservado al entrar en casa.

En su teoría sobre la comunicación que se conoce como “la ventana de Johari”, Joseph Luft y Harry Ingham sostienen que, cuando nos comunicamos, manejamos informaciones muy poco relevantes la mayoría de las veces. No revelamos nada importante y los demás conocen ya lo que les contamos. Se trata, como es obvio, de un modelo de comunicación superficial, pobre, y carente de compromiso. Insuficiente e insatisfactorio cuando se utiliza en contextos en los que se presupone la confianza o la intimidad. Hablamos de cosas, pero no de nosotros. Explicitamos obviedades, pero nada revelamos de nosotros mismos, contamos lo que sucede, lo que pasa, pero nos cuidamos mucho de dejar entrever lo que sentimos, lo que “nos” sucede o lo que “nos” pasa.

El cuadrante ciego de la ventana de Johari corresponde a una especie de yo desconcertante. Se trata de la parte que los demás conocen de nosotros pero que nosotros ignoramos. Decía un autor renacentista que todos llevamos colgadas unas alforjas. En la parte delantera, ante nuestros ojos, portamos el saco en el que se contienen rasgos de la personalidad de los otros, sobre todo los fallos o defectos que nos molestan y no nos es fácil soportar. A nuestras espaldas llevamos la bolsa que contiene los aspectos de nuestro yo, manifiestos a quienes nos rodean, pero velados para nosotros.

En él está archivado lo que quienes viven a nuestro lado saben de nosotros porque se lo hemos comunicado con nuestras conductas, con ese lenguaje no verbal de signos con el que revelamos contenidos de los que no somos conscientes. Se trata de un cuadrante desconcertante porque, cuando se nos señala, nos descoloca y nos sorprende. Nos sucede como a los niños sorprendidos mientras degustan una golosina en un tiempo indebido… Por eso reaccionamos a la defensiva. No nos reconocemos en lo que los otros saben, pero que nosotros no podemos o no queremos ver. Nos cuesta aceptar que quienes nos conocen señalen rasgos de nuestro modo de ser que no admitimos como propios. En lugar de abrirnos a la información que nos llega de quienes nos observan para enriquecer nuestra propia autopercepción y hacer conscientes aspectos de nuestro yo que nos eran desconocidos, la rechazamos. Tememos ensayar conductas nuevas y alejarnos de los hábitos que nos permiten conducirnos con natural soltura y tranquilizadora seguridad. Si el precio a pagar por ello es que nuestra comunicación sea pobre e insatisfactoria, lo abonamos sin vacilación.

El cuadrante desconocido representa aquellos aspectos de nuestra personalidad de los que no tenemos conciencia y son también desconocidos para las personas de nuestro entorno. Es la parte de nuestro yo más inaccesible donde se almacenan experiencias reprimidas de nuestra primera infancia, motivaciones inconscientes, potencialidades dormidas, recursos aún no descubiertos, etc.

Dada su naturaleza, no podemos comunicarnos desde ese cuadrante desconocido. Es inalcanzable por métodos normales tanto para nosotros como para los demás, pero sí es posible, mediante técnicas psicológicas y de la mano de buenos profesionales, introducir algunas luces en las zonas inicialmente más en la sombra de nuestra personalidad.

En el manejo que hagamos del contenido del cuadrante oculto se encuentran algunas de las claves que explican las razones por las que nuestra comunicación, sobre todo con las personas que forman parte de nuestros círculos más íntimos, puede resultar insatisfactoria y hasta frustrante. Es ahí donde guardamos informaciones sensibles acerca de nuestro yo, informaciones que conocemos muy bien, pero que nos resulta sumamente dificultoso compartir incluso con nuestros seres más queridos. Es el mundo de nuestras emociones, de nuestros sentimientos secretos, de nuestras experiencias más íntimas. Es todo ese universo que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida y que guardamos sin atrevernos a compartirlo ni siquiera, a veces, con la persona amada.

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