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actualizado 18 de Julio 2013
Las manos del adolescente
¿Hay soluciones? La solución para cualquier ser humano siempre es el ejemplo y la escucha
Por Pedro Miguel Lamet
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Pocas épocas en la vida tan fascinantes como el tiempo de la adolescencia. “La adolescencia verde, como el verde manzano”. Recuerdo que, pese a la melancolía y la desazón de aquellos años, no sé por qué yo no deseaba que viniera la madurez, me apetecía seguir siendo un “adolescente eterno”. ¿Por qué? Porque todo era una sorpresa: el amor, la soledad, el mar, los campos. La sangre despertaba en nuestros cuerpos y con ella los sueños e ideales; la vida se hacía horizonte y todo por estrenar.

Hoy parece que adolescente es sinónimo de pesadilla, conflicto, rebeldía, imposible, inaguantable, problema para mamá, papá, el educador, e incluso para sí mismo. ¿Qué sucede a nuestros adolescentes? ¿Cómo son en realidad? ¿Qué quieren decirnos con esas actitudes?

El Teléfono de la Esperanza se propone estar a la escucha. El primer paso es conocer al nuevo adolescente. Mezcla de consumista, rebelde, hijo de papá, débil y caprichoso, puede ser violento en la escuela e insufrible en casa. Pero los expertos dicen que oculta una búsqueda de identidad y hasta un secreto deseo de hallar un ideal. De hecho algunos adolescentes lo encuentran, como es el fenómeno de los que se afilian a una ONG o se van de cooperantes a los países empobrecidos. Pero la inmensa mayoría parece perdida.

Resultan escalofriantes los datos de lo que se ocultan mutuamente padres e hijos en sus comunicaciones. La desesperación de algunos padres que piden socorro confesando que están a punto de tirar la toalla. El miedo de no pocos educadores a su agresividad y acoso en la escuela. La huida de estos jóvenes que se sienten incomprendidos y se esconden tras los cascos del Ipod, si no en el alcohol o las drogas de diseño.

¿Hay soluciones? La solución para cualquier ser humano siempre es el ejemplo y la escucha, una escucha paciente y al mismo tiempo activa, una escucha capaz de comprender y de permitir un diálogo, que sólo puede partir del respeto y que al final acabará dando sus frutos.

¿Quién no tiene, si no hijos o alumnos, algún adolescente con el que trata? Es fácil incomodarse y decir que no hay quien lo aguante. Pero nos hemos preguntado las causas de sus problemas. Estas floraciones nacieron en una tierra abonada, una sociedad de la imagen y la apariencia, del dinero fácil y la comodidad, donde no hay sitio al “no”, y papá y mamá son los primeros que van a la caza del placer inmediato, donde el sacrificio se ve como una solemne estupidez y la espiritualidad una bobería, donde lo que gusta es la doctrina del mínimo esfuerzo.

Sin embargo no deja de ser curioso que Cernuda desee retornar a la disponibilidad de la adolescencia en la hora decisiva. Cuando la muerte quiera/ una verdad quitar de entre mis manos, las hallará vacías, como en la adolescencia/ ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

Prueba de que, digan lo que digan, la adolescencia es una época mágica y de estreno en la vida, cuando la amargura aún no ha hecho huella, y en la que entre el miedo y el desconcierto, los ideales e ilusiones siguen intactos y los caminos por roturar. Esa blandura del alma, por mucho que nos la oculten, también se halla en los adolescentes de hoy, en sus manos tendidas.

¡Qué suerte la del que entonces encuentra un guía, un verdadero amigo!

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