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actualizado 5 de nov. 2013
Indecente desigualdad
Nunca la humanidad ha tenido tanta capacidad para producir y acumular riqueza, pero nunca esa riqueza ha estado tan mal repartida
Por Xavier Caño Tamayo
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Un inmigrante africano, que vive en la calle, en menos de un año ha pasado de tener aspecto de príncipe al de un hombre completamente derrotado, hecho polvo. Un padre joven no pide dinero sino que le compren un bote de leche materna para su bebé. Un hombre mayor bien vestido hurga vergonzoso en papeleras y contenedores. Otro de más edad, sentado en el suelo con la espalda apoyada en una pared y vestido con un grueso chaquetón sucio en invierno o verano, no hace nada; con la mirada perdida ni siquiera pide limosna... Todo eso pasa en mi barrio, cerca de casa. Solo es una diminuta muestra, porque en España, por ejemplo, según Cáritas Española, viven en la calle o en infraviviendas casi tres millones de personas.

Nunca la humanidad ha tenido tanta capacidad para producir y acumular riqueza, pero nunca esa riqueza ha estado tan mal repartida. Nunca ha habido tanta desigualdad e injusticia. No es un discurso izquierdoso a la violeta, porque el 10% de la población mundial posee el 83% de la riqueza y poco más de 1000 personas acumulan fortunas superiores a los 1.000 millones de dólares. Y esa desigualdad genera la más brutal de las pobrezas.

Hace cinco años escribí que había más hambrientos que 18 años antes. Según la FAO, en 1990 había 823 millones de hambrientos y en abril de 2008, cuando lo escribí, ya eran 861 millones. Hoy quienes sufren hambre aún son 842 millones (12% de la población mundial). Algo menos, pero una pírrica disminución de desnutridos. Y el hambre es el más cruel exponente de la desigualdad.

Si nos fijamos en España, se ha convertido en paradigma de la desigualdad en Europa. Unas 400.000 personas (de 47 millones de población) poseen un patrimonio de un millón de dólares o más, pero tres millones de familias apenas viven con 300 euros al mes; que, por cierto, son el doble que hace 5 años. Y más de 12 millones de españoles viven bajo el umbral de la pobreza. Por lo que hay que concluir que si hay casi seis millones de parados, demasiados trabajadores asalariados, a pesar de tener empleo, no pueden huir de la pobreza. Y pobreza y desigualdad van de la mano.

Según datos del banco Credit Suisse, la riqueza global en el mundo ha aumentado un 68% en los últimos diez años, hasta el máximo histórico de 241 billones de dólares. Pero el 86% de toda esa riqueza está en manos del 10% de la población mundial. Y una ínfima minoría del 1% (los obscenamente ricos) posee la mitad de toda la riqueza del planeta. ¿Algo que ver con la justicia?

Un informe de Tax Justice Network de 2012 cifraba en cerca de 12 billones de dólares el patrimonio de los mega-ricos oculto en países y territorios donde no residen, pero sí tienen un refugio seguro para no pagar impuestos: los paraísos fiscales. Pero en el informe Usted no sabe de la misa la mitad, explicaba que todos los estudios sobre desigualdad económica no han logrado contabilizar con seguridad cuanta es esa riqueza oculta. Por tanto, la desigualdad real es muchísimo mayor que la que se cita habitualmente.

La desigualdad es un problema central de la humanidad. Estudios del epidemiólogo Richard Wilkinson demuestran que la desigualdad es causa de mucho sufrimiento humano y de enfermedades, además de aumento de la delincuencia y de más crímenes. Una feroz desigualdad buscada por la minoría rica, porque no es posible aumentar la riqueza de la minoría sin empobrecer a la mayoría. Robert Reich, ex secretario de Trabajo con Clinton, dice que el mayor problema de nuestro tiempo es la creciente desigualdad en la distribución de la riqueza. Cualquier otra cuestión (el reciente cierre del gobierno de Estados Unidos, la pugna sobre el déficit presupuestario y el techo de deuda) dice que es una distracción.

Y la desigualdad no solo continúa, crece. Según Merrill Lynch y Capgemini, en 2013 los ricos serán mucho más ricos. Porque lo que llamamos crisis es un saqueo que perpetran esa minoría y sus servidores mientras a las clases trabajadoras les supone más paro, más precariedad, más pobreza.
Hay que reaccionar. O estamos perdidos.

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