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actualizado 22 de octubre 2013
¿Inversión o despilfarro en la vuelta al cole?
El dinero no puede ser jamás el elemento que marque la calidad en la educación
Por Alberto López Herrero
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Algo no estamos haciendo bien si, en medio de la profunda crisis económica que sufrimos, los gastos que genera el regreso a las aulas de nuestros hijos son cada año más elevados. Y me refiero a nosotros, en plural, porque los padres somos elementos fundamentales y activos del proceso educativo. Una parte de las decisiones nos vienen impuestas por quienes utilizan la educación como arma política arrojadiza o, simplemente, como un negocio con la venta del material necesario durante el curso, pero hay otras que dependen de los padres y que son tan importantes para el desarrollo de los hijos como para la economía familiar.

Desde la elección del colegio -por cercanía y comodidad o por convicción ideológica-, hasta las actividades extraescolares -en beneficio de los menores o por gusto o necesidad de horarios de los progenitores-, pasando por la ropa. Pero también las relaciones sociales que se generan en el propio colegio pero que se extienden más allá. La lista de gastos que hay que asumir a lo largo de un curso es tan desproporcionada como absurda en la mayoría de ocasiones.

Un estudio de la Federación de Usuarios Consumidores Independientes (FUCI) cifra en casi 800 euros el gasto medio de las familias españolas en la vuelta al colegio este curso. Esta cifra varía dependiendo del centro de escolarización; los colegios públicos son los que salen más rentables con un gasto de alrededor de 560 euros por hijo, mientras que un concertado sitúa la cifra en torno a los 780 euros y un privado casi en los 1.200 euros. El coste anual puede alcanzar, respectivamente, los 2.300, 4.800 y 7.300 euros por alumno y curso.
Son tantas las variables como las posibilidades en los gastos: matrícula, uniforme, libros de texto, material escolar, programa madrugadores, actividades extraescolares, aportaciónvoluntaria, plataforma digital, gabinete psicopedagógico, material deportivo, comedor, transporte, cumpleaños, campañas solidarias,… la lista puede resultar interminable. Y sólo hablamos del acceso a la educación en edades tempranas, porque si nos referimos a otros niveles educativos y comentamos las ayudas para libros, las subvenciones y las becas, incluso a nivel universitario, el panorama puede resultar más desolador todavía debido a lo que los ciudadanos entendemos como recortes y los políticos como ahorro.

El uniforme, por ejemplo, que otros países en sinónimo de igualdad, comodidad y ahorro en ropa para las familias, aún se entiende en muchos lugares como un signo de distinción y hasta de elite en la educación. El transporte privado, sin embargo, debido al precio de los carburantes, es aprovechado cada vez de una forma más eficiente por los padres, que establecen calendarios y rutas para ahorrar en los viajes con varios alumnos. Pero los libros son, hoy por hoy, el verdadero quebradero de cabeza de las familias. Suponen un gasto desorbitado, su uso queda limitado a un solo curso y, cuando son aprovechables, una reforma educativa o la actualización del temario los convierten en inservibles. Hasta el momento, ni los ordenadores portátiles, ni ahora las tabletas, ni tan siquiera las pizarras digitales han logrado sustituir ni abaratar el precio de los libros de texto.

Ante estas situaciones surgen nuevas alternativas cada año en busca de un gasto más racional y con el fin de ahorrar: éstas van desde la compra on line de libros de texto de segunda mano hasta mercadillos de ropa y material escolar. Cualquier idea puede servir para gastar menos y, sin duda, redundará de manera beneficiosa en la educación de nuestros hijos. Estos importantes detalles supondrán que los niños serán conscientes del esfuerzo que supone para los padres su educación escolar y posiblemente en el futuro aporten sensatez y sencillez tanto a sus decisiones como a sus gustos, rehuyendo, por ejemplo, de la guerra de marcas en la ropa o de los gastos superfluos impuestos por las modas consumistas.

Lo único claro es que el dinero no puede ser jamás el elemento que marque la calidad en la educación, sino que tienen que ser los contenidos y la metodología los que inculquen el gusto por aprender a pensar y a disfrutar con el conocimiento. Sólo de esta manera los gastos en la formación académica de los hijos serán una inversión y no un despilfarro.

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