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actualizado 29 de octubre 2013
Qué temprano se nos hizo tarde
No se trata de añadir años a la vida sino de vivir el tiempo que tenemos ante nosotros con plenitud y satisfacción
Por José Carlos García Fajardo
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Es la sensación que nos invade ante las mutaciones de la vejez. De la actitud que adoptemos depende seguir siendo nosotros mismos hasta la culminación de la vida.

Ser felices sabiéndonos adaptar como agua al terreno sin dejar de ser agua. ¿Le preocupa envejecer y su papel en la sociedad cuando tenga 60, 70 u 80 años?

Muchas personas se preocupan por si hay vida después de la muerte. Lo que es evidente es que hay vida antes de la muerte. Y es necesario vivirla con dignidad, con la mayor autonomía posible, con salud y en buena forma física, relacionándose con los demás, participando en actividades apropiadas a la riqueza del tiempo con el que ahora vivimos.

Hay mucha vida después de los 60, y la sociedad aprecia cada vez más la contribución de las personas mayores. Aprovechar más de la vida, no menos, cuando se envejece, tanto en el trabajo como en casa o en la comunidad.
Con un control médico regular y programado, con un plan de vida al igual que hacíamos en nuestros años de formación, con alimentación adecuada a nuestras necesidades, con ejercicio físico diario, consultado por su médico, y en casi todas las situaciones, con una caminata diaria al aire libre. Poniendo en activo y ejercitando las capacidades para hacer cosas que no hemos podido durante lo años en los que teníamos otras responsabilidades: cuidar plantas, juegos, lecturas, paseos, viajar, escribir, asistir a conferencias, museos, hobbies, y a disfrutar lo más posible de las facilidades que nos permiten los nuevos medios de comunicación social. En Internet, Facebook, blogs, chats, Skype, etc.

No se trata de añadir años a la vida sino de vivir el tiempo que tenemos ante nosotros con plenitud y satisfacción. Claro que no podemos tirar de un carro, cambiar las ruedas al coche, o hacer esfuerzos propios de otras edades. Pero sí podremos mantenernos activos, despiertos y capaces de compartir conocimientos y habilidades. Pero, sobre todo, prevenir situaciones de dependencia, que llegarán o no, pero que nos encontrarán más capacitados y mejor dispuestos.

Esto es posible y somos muchos los que nos hemos puesto en camino. Porque, en nuestras sociedades, cada vez somos más los mayores de 65 años que los menores de 25, y no queremos ser una carga para nadie sino disfrutar de ese capital vital y existencial que hemos ido acumulando durante toda una vida.

Aquí entra la imperiosa necesidad de la Solidaridad intergeneracional. No son pocas las personas mayores que viven solas ni menos los jóvenes que no han podido desarrollar esa riqueza de una vida familiar plena. Matrimonios separados, familias desestructuradas, hijos con vida independizada, migraciones, separaciones físicas que hoy pueden ser superadas con esta maravilla de los nuevos medios de comunicación que nos permiten en tiempo real establecer contacto con nuestros seres queridos, amigos y nuevos conocidos. La soledad querida, vivida, enriquecida es algo muy distinto al aislamiento impuesto o soportado. Tenemos una tarea, nosotros, los viejos, que no se puede improvisar y que podemos compartir.

El aumento del número de personas mayores se percibe como una carga para las más jóvenes en activo. Sin embargo, hoy vamos cumpliendo años con mejor salud que las generaciones anteriores. Y los mayores tienen unos conocimientos y unas experiencias válidos que los más jóvenes pueden aprovechar.

A mis 75 años me siento dichoso y activo relacionándome a diario con miles de personas con las que compartir experiencias, lecturas, viajes, conocimientos, sabiduría gracias a Internet.

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