Los retos de la nueva coyuntura política

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Por Douglas Salamanca
Finalmente, el dictador Ortega ha aceptado, ante una delegación de representantes de la sociedad nicaragüense, y un enviado del senado estadounidense, su disposición a abandonar el poder. La noticia, obviamente, representa una enorme victoria, para el pueblo de Nicaragua, pues se ha demostrado que el dictador no puede seguir sosteniéndose en el poder. Hoy es sin duda un día de fiesta, para el pueblo de Nicaragua, y debemos de celebrarlo.

La noticia, insólitamente, fue “filtrada” por el líder anti-canalero Medardo Mairena, aunque debió haber sido comunicada oficialmente, a través de una conferencia de prensa, por la Alianza Cívica, que participó colegiadamente en esa trascendental reunión.

El dictador, según se dice, estaría dispuesto a un adelanto de elecciones, sin que se mencionara una fecha específica, aunque algunas fuentes cercanas al Frente Sandinista afirman que estas podrían realizarse en 2019. Es decir que Ortega se mantendría en el poder hasta esa fecha, contrario al clamor popular que exige su salida inmediata de la Presidencia.

“Ortega está proponiendo adelantar las elecciones, cuando nosotros estamos pidiendo su renuncia”, dijo Mairena en una comunicación con los campesinos que mantienen los tranques en distintos puntos del interior del país.

La aceptación del tirano de abandonar anticipadamente el poder es una noticia que nos debe llenar de regocijo. Es un triunfo de la lucha cívica popular, en la cual sacrificaron su vida muchos de nuestros hermanos, asesinados por las fuerzas represivas del régimen. El triunfo, sin embargo, aún no está garantizado, y sería un grave error bajar la guardia en este momento. La represión brutal, por ejemplo, y los asesinatos, continúan hasta el día de hoy. El genocida debe poner un alto a su accionar criminal.

Por otro lado, es probable que el tirano quiera imponer, para negociar su salida, condiciones inaceptables. El pedirá tiempo para organizar una segunda piñata, de dimensiones colosales, que sería catastrófica para el país. Eso nos obligaría a continuar la lucha cívica por un tiempo indeterminado, hasta obligarlo a una capitulación incondicional.
Lamentablemente, la forma en que se divulgó la trascendental noticia sobre la salida del dictador, de una manera informal, nos revela que la Alianza Cívica, definitivamente, no está a la altura de las circunstancias, que son muy exigentes. La Alianza Cívica no ha comprendido aún, obviamente, el complejo rol histórico que le toca desempeñar.

Ellos deben ser, ante el pueblo, lo más transparentes posibles, y descartar todo secretismo. Ellos deben pasar, de un liderazgo diluido, o difuso, a un liderazgo unificado y centralizado, encabezando una coalición a la que se unan todas las fuerzas de la oposición.

Ellos deben abandonar la timidez que mostraron durante las sesiones del diálogo, al no haber sido capaces de montar tan siquiera una conferencia de prensa informativa, dejando que esa tarea la asumieran los obispos, y resignándose ellos a un rol subordinado y pasivo. Ellos deben establecer una sede, nombrar a un director, o una directiva, y constituirse en un gobierno paralelo, en un gobierno provisional, o en un gobierno paralelo destinado a convertirse en un gobierno provisional, o de transición, cuando llegue el momento de hacerlo.

Dicho gobierno provisional subscribiría una plataforma democrática, que pueden tomar prestada de cualquier partido político democrático, y comprometerse a celebrar elecciones en el menor plazo posible. Obviamente, todos los altos funcionarios de la jerarquía orteguista (la nomenklatura) tendrían que ser destituidos, incluyendo a los jefes del ejército y la policía.

“A grandes males, grandes remedios”, reza la conocida máxima latina. La nueva coyuntura exige mucha presencia de ánimo. Este desenlace debió haberse previsto con anticipación, pero es obvio que la Alianza Cívica no estaba preparada para el mismo, y fue tomada por sorpresa. La situación, al parecer, los desborda, pero no debe cundir el pánico. Deben prepararse ahora, por lo tanto, haciendo un esfuerzo sobrehumano para recuperar el tiempo perdido.

El nuevo contexto exige que la Alianza Cívica, audazmente, busque la manera de auto-empoderarse y de auto-legitimarse, aprovechando el prestigio adquirido en la lucha, y dándose un baño de masas. Los miembros de esa agrupación deben salir de sus guaridas, y presentarse ante el público de una manera apoteósica, o cuando menos dramática, anunciando la nueva conquista, y mostrando su disposición a aceptar el reto y la responsabilidad que ahora se les presenta.

Pasamos, evidentemente, a una nueva fase de la lucha, que exige mucha sutileza. Los integrantes de la alianza deben reinventarse nada menos que como los arquitectos de una nueva nación. Para lograrlo, obviamente, deben rodearse de los asesores idóneos.

Ellos deben trabajar en lo que yo llamo “la carpintería del relevo”, que consiste en definir la ruta hacia la toma del poder, y después de definirla, ejecutarla sin vacilación. Ahora bien, es imposible tomar el poder sin desplegar mucha astucia, mucha determinación, mucho maquiavelismo, y mucha capacidad de anticiparse a los hechos.

Es obvio que hay una discrepancia entre la propuesta del tirano para “un aterrizaje suave”, y la exigencia popular para una salida inmediata del dictador y el desmontaje del régimen opresor. El aterrizaje suave, o legalista, es apoyado no sólo por la dictadura, sino también por el Cosep. La cúpula empresarial quiere tiempo para poner en orden sus negocios con el dictador. Los luchadores cívicos, en cambio, proponen una salida rupturista, pues temen a una represión selectiva, si abandonan sus trincheras.

Esa contradicción puede ser resuelta a través de un gobierno de transición, que estaría compuesto por los miembros de la Alianza Cívica, reforzado, si se quiere, por una representación de notables, que ellos mismos elijan. La ciudad de León ha mostrado la pauta de lo que puede lograrse, trabajando en común.

Con su hipócrita llamado al diálogo nacional, el dictador nos hizo, involuntariamente, un favor. Permitió crear un germen o un núcleo unificado de la oposición, que habría sido casi imposible alcanzar por cualquier otra vía, dada la enorme atomización existente entre las filas adversas al orteguismo. La Alianza Cívica nace de la comisión de negociación, que a su vez fue nombrada por los religiosos, desde su papel como integrantes de la comisión facilitadora.

Animo, hermanos de la Alianza Cívica: No flaqueen, por favor, en este momento crítico, y sepan reinventarse como los máximos líderes y artífices del cambio. La tarea es difícil, pero viable, y el pueblo está dispuesto a brindarles todo su respaldo.